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"Las veladas jerarquías de la academia"

 

 

PAOLA MARÍN y GASTÓN ALZATE

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La sólida práctica intelectual de Ileana Diéguez, en parte recogida en libros como Escenarios liminales (traducido al portugués) y Cuerpos sin duelo, hoy día se ha ramificado en ámbitos artísticos, universitarios y comunitarios de diversos países de América Latina ya sea como una importante fuente de inspiración, o como uno de los puntos de referencia para repensar el sentido de prácticas creativas actuales que son también políticas (no necesariamentecomo ideología, sino en el sentido de permitir formas particulares de comunidad, antes inexistentes). Más que seguir los modelos teóricos dominantes, Diéguez ha desarrollado un camino consistente tanto en permitir que estos sean modificados o cuestionados por las prácticas mismas, como por la necesidad de pensar aquello que se desarrolla en los intersticios y los márgenes de la historia del arte y las academias, en especial del teatro y las artes visuales. Una necesidad que nace del contexto latinoamericano actual signado por el dolor, la destitución y la pérdida, pero que también se halla marcado, según ella nos recuerda, por la insistente necesidad de crear espacios para sobrevivir: la imaginación como recurso de vida.

En este libro, Diéguez nos presenta su compilación de una serie de textos que desde diversos países y periodos de la Latinoamérica contemporánea, dialogan y se iluminan mutuamente. Valga decir que los dos volúmenes que constituyen esta compilación no están concebidos como una división de campos del conocimiento (academia vs artes visuales) sino como una aproximación paralela, un contrapunto (punctus contra punctum) de motivos sobre el tema de la memoria, el cuerpo y la desaparición forzada que se presentan en forma de espejo. Son textos que afirman la necesidad fundamental de inventar y propiciar espacios para buscar recuperar, así sea en los ámbitos y con los medios más precarios, la memoria y la materialidad de lo ausente, en especial los desaparecidos, cuya historia y dimensión como sujetos se resiste a ser borrada. Sus autores provenientes de México, Brasil, Argentina, Uruguay, España o Colombia, indagan en el sentido del pensamiento crítico y del arte desde aproximaciones disciplinarias diferentes y principalmente en relación con lo que podríamos llamar “el corazón de las tinieblas” de las sociedades latinoamericanas de fines de siglo XX y principios del XXI. Al parafrasear el título de la novela de Joseph Conrad nos referimos tanto al hecho de que son reflexiones producidas in situ, como a su involucrarse (o literalmente, “bordarse”, como se verá después) con la ausencia de aquellos a quienes se les ha negado la condición moral, material y simbólica de humanos, pero también con estrategias de acción y pensamiento que implican la presencia de los vivos que los recuerdan. Por tanto, el cuerpo y la memoria se convierten en tropos clave que recorren la mayoría de los textos.

Así, el seminario coordinado por Diéguez claramente invitaba a reactivar y repensar las prácticas creativas disidentes del pasado para poder interpelar el presente, como plantea Ana Longoni en su ensayo “Perder la forma humana”. Al respecto, el texto de Álvaro Villalobos elige un camino distinto y sin embargo afín, al intentar reevaluar las alternativas a ese estado de cosas que se empezaron a plantear en la región desde los años 70 hasta hoy día, en particular los alcances y limitaciones del proyecto de las filosofías y teologías de la liberación latinoamericanas, para concluir enfocándose en la situación excepcional del municipio autónomo de Cherán como uno de los pocos espacios que se han acercado a esa utopía. Asimismo, y desde el ámbito de las prácticas artísticas varios ensayos intentan repensar las teorías y las disciplinas. Algunos ejemplos serían los de Enrique Gallegos, Rodrigo Parrini y Zulai Macías Osorno. Mientras Gallegos lo hace sobre la posibilidad de subvertir la escritura tradicional en el cuento de 'Caperucita roja y el lobo feroz'", Parrini lo investiga desde una perspectiva etnográfica, tratando de pensar los límites entre naturaleza y cultura al explorar la relación entre el colectivo mexicano Teatro Ojo y una colonia de palomas, y Zulai Macías Osorno lo realiza cuestionando la idea de la danza y la coreografía desde el modelo de un trabajo de Magdalena Leite: Videoclip (2014).

Diéguez menciona en su presentación a Ayotzinapa como símbolo del terror que ha definido y sigue definiendo la vida en muchos lugares de América Latina. Y precisamente porque la memoria es necesaria para poder interpelar al presente en su espeluznante complejidad, coincidimos con ella en la importancia de reproducir el texto de la politóloga Pilar Calveiro, a quien agradecemos profundamente la autorización para hacerlo. Con agudeza apabullante y haciendo necesarias salvedades históricas y de contexto, Calveiro va desenterrando continuidades que no son evidentes a primera a vista, entre las estrategias de terror del Estado mexicano desde los años 70 hasta la reciente desaparición de los 43 jóvenes normalistas en Iguala.

En relación con ese estado de cosas, en México varios de los colaboradores del seminario participaron en la Iniciativa Bordando por la Paz, bordaron mensajes con hilos rojos en grandes pañuelos blancos que rememoraban a las víctimas de la guerra contra el narco y que también se dirigían a familiares de desaparecidos en Argentina y Uruguay, mensajes que iban y volvían, que eran entrelazados por varias manos, en distintos lugares del DF y a lo largo de varios días, como la sábana que la tía encarcelada durante la dictadura de la coreógrafa y artista visual uruguaya Tamara Cubas, envió a México para ser bordada, y que luego fue incorporada a la exposición de Cubas en la Casa de la Cultura de Tlalpan, como relata la coreógrafa Helena Bastos en su ensayo. A su vez, la historiadora del arte Katia Olalde propone que estos bordados “logra[n] desfasarse de la racionalidad capitalista sin ajustarse a los modos de organización comunitaria”, desde una consideración del trabajo femenino y a partir de las ideas de Castoriadis sobre “el hombre ecónomico”, de Derrida sobre el don y las revisiones del concepto de comunidad y de política comunitaria planteadas por de Marinis y Tzul (entre otros).

Hubo también muchas otras acciones y exposiciones artísticas que se imbricaban con las discusiones y temas del seminario. Gestos como esos, surgidos de la necesidad de la puesta en escena pública del dolor que teoriza el trabajo de Elsa Blair, en particular la presencia en el seminario de familiares de desaparecidos forzados a reinventarse como forenses para poder seguir buscando a los suyos, no podían más que interrogar las visiones teóricas allí surgidas. Como afirma Mauriche Blanchot en La escritura del desastre: “la pérdida imposible (...) no deja que cuajen en un sistema las tensiones que desgarran el pensamiento” (97). O como nos demuestra Ana Longoni en su texto, tal desgarro puede originarse en el querer pensar aquellas prácticas creativas disidentes que se hallan ausentes de las historias del arte, la teoría y la política (incluyendo las formas de lucha preceptivas de la izquierda) y que tienen lugar en un contexto signado por el terror. Por tanto, nos cuenta, la imagen resultante de tal reflexión es necesariamente heterogénea e inestable: “una imagen sísmica”. Blanchot se refiere a Bataille, Levinas y Heidegger en su búsqueda de lo otro; en este caso estaríamos hablando de cómo el adjetivo “crítico” en estas cartografías retoma uno de los sentidos primeros de tal término en la filosofía occidental: “una pregunta por los límites del conocimiento sobre aquello que no puede ser poseído ni comprendido” (Agamben, Stanzas, xv), pero desde la radicalidad, la complejidad y la visceralidad del propio contexto.

Complementando esta intención de pensar prácticas creativas disidentes ausentes en las historias del arte, la teoría y la política, varios autores exploran las formas de la escenificación y visualización de la memoria en las prácticas artísticas. En el ensayo "Gul Gubashi y el gobao de la memoria", Itandehui Nahielly Cruz y Pavel Scarubi Urbieta realizan una investigación con el propósito de rescatar la memoria colectiva de los pobladores de Santa Cruz, Etla, en el estado de Oaxaca. El proceso se realizó en medio de tensiones políticas con la población vecina, así como entre los mismos pobladores, que son resultado de una ausencia de memoria histórica que ha enfrentado la localidad desde la segunda mitad del siglo pasado.  Paralelamente Iyalli del Carmen en “Teatro Canero”, indaga por las prácticas teatrales al interior de un centro penitenciario varonil de la Ciudad de México, destacando como, más que cumplir con la función resocializadora, estas prácticas responden a las dinámicas propias de la vida en prisión, a las contingencias y necesidades cotidianas de ese entorno. Un tercer ejemplo sería el ensayo “Frente a la narrativa oficial” de Rocío Cárdenas Pacheco, el cual aborda las prácticas artísticas y visuales ligadas a la política estudiantil prevaleciente después de 1968 en un colectivo literario regiomontano que llevó el nombre de “Caligrama”.

En su ensayo, Ileana Diéguez se interroga desde México por la manera en “que vuelven las formas”, por la “condición de la imagen hoy en nuestros lugares de vida” y por lo que puede ser exhumado por “nuevas formas de imaginar” cuando se trata de “cuerpos forzados a los tormentos de la desmaterialización” por parte de los necropoderes, según teoriza Achilles Mbembe. Su texto es una tentativa de pensar la imagen desde el diálogo con las formas de imaginar de los familiares que buscan a sus desaparecidos. En esta búsqueda se apoya en reflexiones sobre la necropolítica (Mmbembe), la cirugía política (Appadurai) y las prácticas artísticas surgidas de la situación actual de México, al igual que en reflexiones sobre la imagen en la historia del arte occidental y latinoamericano que se entretejen con los regímenes de la mirada. Diéguez se pregunta: ¿Pueden las estrategias poéticas enunciar esos cuerpos?, o reactivando la pregunta de Didi-Huberman, ¿“somos capaces de hacer del trabajo de la muerte un trabajo de mirada” en medio de la urgencia y exceso de las circunstancias cuando el país “es una enorme fosa común”?

En consonancia con esta indagación, los títulos que su compiladora le otorga al primery segundo volumen, Prácticas políticas y poéticas que piensan la pérdida y la desaparición forzada Prácticas artísticas. Reflexiones en torno al cuerpo y la memoria, apuntan a reflexiones hermanadas por la necesidad de dialogar y de pensar desde concepciones que desbordan los campos delimitados por las academias, la necesidad y la capacidad humana de crear espacios comunitarios para el duelo, el cuestionamiento del status quo y el pensamiento disidente, cuando el Estado no solo abandona a aquellos que reclaman a los desaparecidos, sino que los ignora o silencia de diversos modos. El fotógrafo, periodista y antropólogo Edgar Chávez describe en su texto esta situación como una muerte en vida para quien hable y denuncie los hechos: “Parece que en México uno desaparece con la desaparición misma como hecho delictivo, (...) el Estado lo criminaliza y lo incomunica de su entorno; buscar a las y los desaparecidos es prueba de ello”. Por su parte, Edith López Ovalle, miembro de H.I.J.O.S. México, profundiza en el sentido de la práctica político-artística del escrache como forma de indagar por los desaparecidos y la ausencia de la memoria histórica en México y América Latina: “no somos profesionales del arte, ni de la política y sin embargo hacemos uso de ambos y colocamos nuestros cuerpos como soporte de esta historia”.Fernanda del Monte Martínez profundiza el tema del cuerpo estudiando el performance de Lukas Avendaño Yo no soy persona, soy mariposapara hacer notar las incongruencias del Estado mexicano en cuanto a la protección de la integridad de ciudadanos transexuales y homosexualesPor su parte Malena La Rocca se interroga en su ensayo sobre dos colectivos artísticos que surgieron en medio de las represivas condiciones que marcaron la vida cotidiana en la ciudad de Buenos Aires y Rosario durante el terrorismo de Estado. Estos grupos integrados por jóvenes artistas experimentales realizaron atrevidas acciones callejeras, montajes teatrales, organizaron fiestas, festivales y publicaron fanzines optando por recursos formales o retóricos no siempre orientados a la confrontación directa con el régimen militar. 

En síntesis, es claro que la importancia de la publicación de este libro en la editorial Karpa, un medio de EEUU, se debe a su anclaje en América Latina. Por ejemplo, si bien Ileana Diéguez no intenta plantear la existencia de una jerarquía intelectual, es valioso su señalamiento de que el texto de Elsa Blair anticipa los trabajos de Judith Butler en cuanto al duelo público. 

A la vez, su importancia también nace de ignorar los énfasis teóricos encasilladores o totalizantes que tienden a predominar en las academias al norte del Río Grande (y a veces al sur del mismo) en los estudios sobre el continente, frecuentemente con el propósito de hacer más asimilable lo “latinoamericano” a los parámetros culturales y teóricos del supuesto Primer Mundo. Esto nos recuerda el modo en que Ana Longoni reelabora y profundiza en frases de artistas y pensadores latinoamericanos como “perder la forma humana” e “imagen sísmica” para denominar estrategias creativas disidentes que no entran en las categorizaciones disciplinarias prevalentes de la política y el arte, la compiladora de estos textos destaca cómo el intento por “cartografiar” al juntar textos y visiones que difícilmente se conseguirían juntas y presentarlas como un entramado, en ocasiones derivó en formas de “des/cartografiar” que posibilitaban otras visiones.

Por tanto, la inestabilidad epistemológica inherente al pensar la muerte y la pérdida abordada desde la imagen por Felipe Victoriano o las preguntas por la diferencia entre memoria individual y colectiva en países que han sufrido violencia extrema como desarrolla Elsa Blair, o la precariedad del cuerpo mismo como instrumento de protesta, (López Ovalle, Longoni), también son actos que fortalecen los embates contra el silencio de familiares, periodistas, artistas, pensadores y activistas. En este sentido Mara Leal y Narciso Telles, analizan obras del Grupo Cultural Yuyachkani y el Colectivo Teatro da Margemcomo dispositivos de teatralidad y performatividad en sus relaciones con lo real y la memoria individual y colectiva. Similares dispositivos son investigados en el ensayo de María Cerdá “Recuerdos del futuro” sobre las diversas estrategias visuales desprendidas de ejercicios para performativizar la memoria. Su ensayo gira en torno a las imágenes supervivientes de la II República española en el exilio en México, a través de los descendientes de la tercera generación. 

 

Teniendo en cuenta lo expuesto anteriormente, la importancia de publicar este libro en EEUU pasa también por la necesidad de reconocer que la diferencia de contextos es fundamental para evitar los análisis superficiales, las solidaridades condescendientes y las visiones neocoloniales (aun las bien intencionadas) sobre América Latina, por más que la situación al sur de la frontera estadounidense guarde estrecha relación con lo que ocurre al norte de la misma. Por ejemplo, aquí, desde los EEUU, pensamos que sería importante poner en tensión el tipo de práctica intelectual que plantea Diéguez en su ensayo, con aquellas visiones académicas paternalistas que asumen, sin cuestionarse en los más mínimo, el papel catártico o sanador de proyectos artísticos en países asolados por la violencia.

Por lo demás, es claro que la situación del individuo frente al Estado y a los medios es muy diferente en América Latina y en los territorios situados al norte de México. Por ejemplo, es cierto que en EEUU los asesinatos de jóvenes negros y latinos a manos de la policía se han multiplicado y que no se ha hecho justicia en la gran mayoría de los casos. Sin embargo, sin negar la profundidad del dolor de estos familiares, hay que recordar que en los Estados Unidos existen canales sociales y políticos para procesarlo. El duelo tiene aquí una dimensión colectiva porque existen mecanismos, aunque sean deficientes o manipulables políticamente, que lo permiten. Los medios se hacen eco de los reclamos de las familias, quienes reciben el apoyo no solo de organizaciones que defienden los derechos civiles, sino de políticos o personajes prominentes. Algo similar ocurre tras las frecuentes masacres en escuelas y lugares públicos. Los sobrevivientes pueden reclamarle públicamente al presidente Donald Trump la facilidad del acceso a las armas y su reclamo repercute en los principales medios, al igual que la solidaridad recibida de parte de organizaciones y figuras públicas. En el caso de estados desarrollados como este, la orfandad radical con respecto a la patria y la carencia de la protección mínima de las estructuras legales y estaduales que garantizan la vida, se manifiesta principalmente en la situación de aquellos inmigrantes que buscan llegar hasta allí desde países del mal llamado Tercer Mundo en condiciones de miseria.

A este respecto, el texto del sociólogo Gabriel Gatti en “De viaje entre México y Melilla”, a quien también agradecemos enormemente lo haya actualizado para su publicación en este volumen, se aboca precisamente a indagar en la “desaparición social” tanto de modo forzado en México, como de los migrantes africanos vistos desde Europa, para desde allí poner en tensión los alcances y las limitaciones de teorías culturales contemporáneas sobre la identidad. Sin ímpetu de llegar a conclusiones trascendentales y más a modo de constelación que de reflexión diacrónica, Gatti toca aspectos como “la contundente banalidad del humanismo y de sus técnicas morales” a partir de tropos de la cultura popular que plantean la pregunta por las imprecisas relaciones entre lo humano y lo no humano, como las películas de zombis. Una vez más hallamos aquí, con respecto al caso de México, la imagen de los “muertos en vida”, que plantea Edgar Chávez en su texto. 

Ahora bien, por más criminal que sea la política exterior de los EEUU, por más que persista el racismo de formas insidiosas y explícitas, o por deshumanizante que sean su sistema carcelario o la posibilidad de comprar armas, el asesinato y la desaparición no son maneras sistemáticas con las que el Estado (o las élites financieras y/o los grupos criminales aliados con sectores del mismo), controlan la disidencia interna. Valga como ejemplo el caso de Colombia, donde aún en medio de un muy necesario proceso de paz, líderes comunitarios siguen siendo asesinados por agentes de la ultraderecha y en varias áreas rurales los pobladores siguen temiendo las amenazas de uno u otro bando ante la incapacidad o indiferencia del Estado.No se trata de establecer una absurda competencia de valor civil entre regiones, ni de minimizar los reclamos que tienen lugar en EEUU. Se trata de subrayar sus insoslayables diferencias con la situación de América Latina. Esta paradoja es estudiada en el segundo volumen por Paola Marín y Gastón Alzate a través de la obra de Doris Salcedo y Rosemberg Sandoval, la cual está compuesta por performances e instalaciones que abordan la situación de vulnerabilidad de víctimas afectadas por la migración involuntaria, el desalojo de tierras, la desaparición forzada y otros tipos de terror contemporáneo productos de conflictos sociales y armados.

Es por esto que, como nos muestra este libro, es fundamental considerar tanto las prácticas políticas y poéticas como las artísticas, referentes al dolor y la pérdida, en su contexto. Sin lugar a dudas, manifestarse con nada más que el propio cuerpo, “hacer política con nada” como Roberto Amigo indica sobre el cuerpo desarmado (ver Longoni) en países en los que los Estados, más que indiferentes hacia los reclamos de justicia, han sido abiertamente criminales, represores y corruptos, requiere un coraje político mucho mayor que un ámbito como el estadounidense. Por tanto y a pesar de la fragilidad de sus posibilidades, en estos contextos el arte, concebido más allá de la intención puramente estética y más bien como forma de expresión que permite crear espacios para reclamar simbólicamente lo perdido, irremediablemente se convierte muchas veces en el único (¿último?) recurso para intentar recuperar lo irrecuperable, para resistirse a la muerte en vida. 

No podemos irnos de esta presentación sin darles las gracias a Ileana Diéguez y a los colaboradores en el seminario por confiarnos sus ensayos. Esperamos que su distribución en línea y de forma gratuita contribuya a cuestionar la homogeneidad implícita en la globalización del pensamiento académico que, de cierta forma, le dio origen a este proyecto.

 

 Bibliografía

Agamben, Giorgio. Stanzas. Trad. al inglés de Ronald L. Martínez. Minneapolis: University of Minnesota Press, 1993.

Blanchot, Maurice. La escritura del desastre. Trad. al español de Pierre de Place. Caracas: Monte Ávila editores, 1990.

 

Ediciones KARPA Los Ángeles, CA.

La reproducción total o parcial del presente libro es permitida siempre y cuando se citen el autor y la fuente. 

ISBN 978-1-7320472-0-4