E. Gallegos




 

  

"Políticas metodológicas y el cuento de 'Caperucita roja y el lobo feroz'"

 

 

 

ENRIQUE G. GALLEGOS(*)

Universidad Autónoma Metropolitana - C 

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(*Enrique G. Gallegos. Cuenta con algunos libros de poemas, el último lleva por título Épocas, 2014. Sus poemas se encuentran en diversas antologías entre otras Lapidario. Antología del aforismo mexicano (1869-2014). Otras de sus publicaciones son Poesía, razón e historia, 2010; “Walter Benjamin y el ciframiento político de la estética en Baudelaire” y “La estética como engranaje entre política y subjetividad en Rousseau”. Ha publicado reseñas y textos de crítica literaria en diversos suplementos culturales, también ha editado algunos volúmenes colectivos sobre filósofos como J. J. Rousseau, Hannah Arendt y Walter Benjamin, entre otros.

 

Resumen: El presente artículo plantea un conjunto de operaciones metodológicas que se apoyan en la discontinuidad, heterogeneidad, lo múltiple, alegórico, imprevisto y fragmentario que posibilitan quebrar los mitos de la investigación o lo que Diana Taylor denomina como epistemismo. Esas estrategias tienen que ver con la subversión de la escritura tradicional, la constelación y las políticas del fragmento que se pivotean en diversas tradiciones de pensamiento, particularmente en Walter Benjamin. Al final del recorrido, se argumenta que esas propuestas de investigación se constituyen en políticas metodológicas, porque posibilitan relatar otras historias, otros saberes y generar espacios de resistencia y crítica. Estas políticas no pueden hacerse plenamente legibles si no se desmonta el cuento de 'Caperucita Roja y el lobo feroz', que aquí quiere metonimizar los presupuestos que dominan cierta investigación normalizada.

Palabras clave: topografía del texto, constelación, políticas del fragmento, campos de tensión, trapero.

 

Abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!

- Son para verte mejor

- ¡Qué orejas tan grandes tienes!

- Son para oírte mejor

-Abuelita  ¡pero qué dientes más grandes tienes!

- ¡Son para comerte mejor!

**

 

 

1.

En Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Bruno Bettelheim afirma que los cuentos infantiles tradicionales no sólo operan en el nivel de la conciencia sino que su principal función es trabajar en el inconsciente. Esos cuentos están escritos en un lenguaje ambiguo, metonímico, sugestivo y con imágenes que nunca terminan por entregar su contenido. Por eso, las posibles explicaciones de los adultos no agotan su fuerza. Para el psicoanalista, los cuentos tienen la función de operar en los procesos de desarrollo interno, en los problemas emocionales, en los impulsos y las dudas propias de la infancia y ayudan en la configuración de la psiquis infantil. Los cuentos no pueden ser reducidos a esclarecimientos meramente racionales. Pero, para que puedan funcionar adecuadamente, cada infante debe hacer su propio recorrido, completar desde su oscuridad lo sugerido en el relato y estirarlo con su propia imaginación. A su manera y con sus recursos y preocupaciones, el relato es reinventado por cada niño y niña. Al final del artículo sugiero que con las metodologías podría suceder algo similar.

Partir de esta extrapolación del cuento a la investigación y las metodologías significa poner en duda el estatuto racional-epistémico dominante o lo que Charles Taylor denomina como epistemismo y transitar de una epistemología “objetiva” a una ontología política del método. Taylor resume la posición epistemista con la siguiente fórmula: “el conocimiento ha de considerarse como la correcta representación de una realidad independiente” (21). Pero deberíamos decir de cierta racionalidad metodológica que tiende a apoyarse en un tipo de conocimiento representacional que se sustenta en los principios de lo idéntico, continuo, exhaustivo, coherente y en presupuestos dualistas y logicistas que descansan en un sujeto fundacional. En las líneas que siguen trato de bosquejar un conjunto de propuestas que tácitamente evidencian las limitaciones del epistemismo.

 

2.

Así como en los cuentos cada niño y niña debe reinventar y completar lo narrado, el pensamiento también debe realizar una práctica similar con sus materiales de trabajo. No existe el método. La obviedad de esta afirmación hace que se pase por alto que cada obra plantea el cómo de su propio arreglo y génesis; no puede existir como si se tratara de un esquema externo que se sobreponga. La obra es método solidificado de la misma manera que el método es obra en gestación. O mejor: es un campo de tensión entre el cómo y el qué. Por eso, se puede afirmar que la investigación es más cercana a las prácticas artísticas que a las del “objeto” durkheimiano. Esto es lo que Walter Benjamin sostenía cuando afirmaba que era “propio de la escritura filosófica enfrentarse de nuevo, a cada viraje, con la cuestión de la exposición” (El origen del Trauerspiel alemán 223). Con la salvedad que ese viraje no es exclusivo de la filosofía: lo es de todo pensamiento que exista en el ejercicio del pensar los materiales sobre los cuales prepara su obra (sea artística, literaria, filosófica, estética, etc.).

A continuación analizo tres de esos ejercicios metodológicos en los que se podría interpretar una propuesta de subversión del epistemismo: la topografía del texto, la constelación y las políticas del fragmento. En la medida en que estas prácticas tienden a subvertir el epistemismo y a operar sobre materiales olvidados, oprimidos, subvalorados o ignorados, se constituyen en políticas metodológicas que posibilitan pensar espacios de resistencia y crítica social. Por supuesto, estas afirmaciones no deben tomarse de manera incondicional, pues adquieren sentido como propuesta agonal y disruptiva frente al epistemismo y, por ello, como preparación política de la mirada.

 

3.

Un primer aspecto de esa estrategia se manifiesta en la crítica de la escritura continua, ordenada y homogénea. Debe entenderse que la escritura no es mera forma en la que se vierta un contenido. Lo que está en el fondo de ese formato de escritura es el epistemismo que asume que el conocimiento es continuo, sistemático, exhaustivo y coherente y exige una escritura acorde con esos principios. Frente a ese tipo de conocimiento, se suele considerar la discontinuidad, lo inacabado e incluso la aparente incoherencia, los quiebres y saltos, como meros “accidentes” ajenos a la “verdad”.  A esa escritura y conocimiento tradicional, Benjamin opuso una escritura discontinua y heterogénea. Escritura topográfica que no sigue la estructura lineal de la oración, el párrafo, los conectores y la ordenación lógico/secuencial, sino que las formas a las que recurre suelen trastocar la espacialización tradicional, el orden y la jerarquía entre temas, ideas, problemas y conceptos, para proponer relaciones inesperadas y discontinuas de analogía, similitud, alusión y alegoría.

Para entender de qué se está hablando, analicemos la escritura y estructura del libro Calle de dirección única (1924). Conviene recordar que no era la primera vez que se alteraba el formato tradicional de espacialización y exposición de la escritura (lineal, homogéneo, por oraciones y párrafos secuenciales, unificados por una argumentación con pretensiones de consistencia y acabamiento), como lo demuestra un poema de finales del siglo XIX: Un coup de dés jamais n'abolira le hasard (1897) del poeta francés Mallarmé,  en el que su autor trastoca la linealidad del texto, la tipografía y los espacios en blanco:

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Imagen 1. Tomada de Mallarmé. Oeuvres complètes I, Paris: Gallimard, 1998

 

Si bien se trata de un poema y se podría pensar que la literatura permite mayores libertades, lo cierto es que la escritura lineal, ordenada y secuencial también operaba en la escritura de los versos. Lo que se hace en el poema de Mallarmé es subvertir esa estructura en el poema. La secuencia de las palabras y oraciones aparentemente es desordenada. Existen monosílabas y las palabras “caen” de las oraciones. Predominan los espacios en blanco y el azar. Por supuesto, se debe descartar que sea un simple juego gratuito: el poeta buscaba generar ciertos arreglos y efectos. Calle de dirección única se conforma por un conjunto de sesenta temas que funcionan como “apartados”. Pero hablar de apartados no refleja correctamente su ordenación, pues contiene desde textos brevísimos (aforismos de ocho palabras) hasta más extensos, de varios párrafos, secciones e incisos. El punto significativo para mi argumentación es la manera alegórica en la que se organizan los textos como si fuera una calle que se ahonda, extiende y profundiza, en cuyas fachadas de las casas estarían montados letreros o anuncios (que funcionarían como los diversos temas tratados en el libro), algunos de los cuales harían las veces de entradas a inesperados pasajes, continuación de otras calles y darían pie a nuevos recorridos, nuevos anuncios y nuevos ahondamientos. Se trataría de un trazado alegórico entre la calle y el libro como condensaciones de la historia social y política. Lo imagen  2 es una intervención de mi parte en el libro para tratar de hacer explícita la alegoría del “Libro-ciudad”:

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Imagen 2. Tomado de Benjamin. “Calle de dirección única”. Obras libro IV, vol. 1. Madrid: Abada, 2010.

 

La imagen trazada sobre la portadilla del libro intenta sugerir una calle de dirección única (flechas), rotulada como “Calle Asja Lacis”,[1] con diversas casas, ventanas,  fachadas y en encima de las cuales existen letreros. Esas puertas llevan a otras casas, otras calles, otras ventanas y otros letreros en una especie de organización estratificada y rizomática. Esta misma pretensión de trastocar el formato tradicional de escritura se manifiesta en el póstumo Libro de los Pasajes. Recordemos, sólo para situar la obra, algunos datos conocidos. El manuscrito se componía de treinta y seis legajos, cada legajo se integraba de notas propias y de otros autores sobre diversos temas (“Pasajes”, Moda”, “París arcaico”, “El tedio, eterno retorno”, “El Flâneur”, etc.). Esas notas fueron publicadas en 1982 por Tiedemann. El libro quedó como un conjunto de pies de páginas, pero como si fueran el cuerpo principal del texto; es decir, es como si se hubiera operado una inversión: en lugar del texto principal, se insertaron las notas. Digamos que es un libro de notas sobre notas. Ciertamente aparecen opiniones, reflexiones, acotaciones del autor y particularmente dos amplios resúmenes, pero en esencia es un libro de citas en diversas lenguas: además de la propia del autor, hay referencias en francés, inglés y español. La solución de los editores españoles estuvo a tono con el espíritu benjaminiano: para distinguir la procedencia de las citas usaron cuatro diferentes tipografías. Aquí una página del convoluto “Y” de la edición en español:

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Imagen 3. Tomada de Benjamin. Libro de los pasajes. Madrid: Akal, 2009

No creo que sea relevante ponerse a analizar cuál pudo ser el formato elegido por el autor si hubiera vivido para publicarlo.[2] Lo más importante es que está en línea con la pretensión de trastocar el conocimiento tradicional a partir de la escritura y la exposición del pensamiento.

 

4.

La constelación es una estrategia de organización crítica de saberes, ideas y prácticas.[3] Si en Calle de dirección única la topografía y estructuración del texto se desdobla como alegoría de la calle, sus letreros e inesperados pasajes; el prólogo epistémico-crítico de El origen del Trauerspiel alemán, por su parte, recurre a la constelación como propuesta topográfica para organizar las ideas y subvertir, a su vez, la lógica secuencial, lineal y representacional del conocimiento. Según Benjamin, “las ideas son a las cosas lo que las constelaciones a las estrellas” (El origen del Trauerspiel alemán 230).  Conviene no apresurarse en considerar la constelación como una simple configuración o imagen gráfica. Si bien en un primer momento la constelación sirve para organizar las relaciones entre ideas, conceptos y fenómenos, su función es crear campos de tensión. No se trata sólo de la relación entre fenómenos y conceptos que los nombran o de ideas que estabiliza las relaciones entre lo general y lo particular (y viceversa), sino de una tensa relación en la que lo que está en disputa es la salvación de la singularidad del fenómeno. Los conceptos funcionarían como mediadores entre las ideas y los fenómenos singulares marginados. Estas ideas se aclaran cuando observamos la “constelación” en la que se apoyó para reflexionar y proyectar sus estudios sobre el poeta francés Baudelaire:

 

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Imagen 4. Tomada de Benjamin.  Archivos Walter Benjamin. Fotografías, textos y dibujos. Madrid: Círculo de Bellas Artes, 2010.

 

Aunque el libro sobre Baudelaire jamás tuvo la estructura y organización tal y como lo pensó originalmente, se aprecia en la constelación un conjunto de ocho temas, conceptos y problemáticas (entre otros, “Recepción de Baudelaire”, “Relación de Baudelaire con su propia obra”, “Fermentos de efectos posteriores”, “Inicios de la réception raisonée”). Posteriormente —en el periodo en el que Walter Benjamin se introduce al marxismo— la constelación permitirá visualizar campos de tensión que iluminan realidades sociales en riesgo, ignoradas, aplastadas y oprimidas. Este desplazamiento social de la constelación implica su politización porque señala la posibilidad de relatar otras historias, otros saberes y generar espacios de resistencia y crítica.

Conviene recordar que Adorno hace la distinción entre un pensamiento que define y un pensamiento que constela. El primero se demora en operaciones generales, abstractas, universales y recortes nominales que olvidan la cosa misma de que se trata. La constelación, en cambio, parte de que la cosa de suyo está contenida en el concepto y se integra problemáticamente en un campo de fuerzas que tensionar la relación entre conceptos y realidad  (Introducción a la dialéctica 348). Como afirma Schmieder, el “pensamiento constelado” puede concebirse como “aproximación a lo no idéntico” (Método y función del pensamiento constelativo en Walter Benjamin y Theodor W. Adorno 162). Por eso, mientras el primero parte de un proceso lógico escalonado, clasificatorio y secuencial, el pensamiento constelado, por su lado, crea un campo de tensión heterogéneo en torno a los problemas y posibilita que los conceptos torsionen sus relaciones (Dialéctica negativa 156). Por lo anterior, podemos imaginar cómo entre los conceptos y las realidades de la constelación “Baudelaire” es posible suponer que se han generado campos de tensión y cómo los conceptos parecieran reunirse al rededor de la “cosa” en espirales de acercamiento y alejamiento, pero sin jamás resolverse. Si el método tradicional puede ser definido con respecto a su “objeto” como lineal, homogéneo, cerrado, idéntico y coherente, la constelación opondría la espiral, lo heterogéneo, abierto, múltiple y discordante.

 

5.

A estas alturas se podrá inferir que el campo de tensión que abren la escritura discontinua-heterogénea y la constelación está en relación con las políticas metodológicas del fragmento, pues de lo que se trata es de salvar del olvido, opresión, subvaloración o riesgo la singularidad social de un fenómeno o experiencia. Frente a una tendencia a situar las obras en una totalidad e historización lineal, progresiva, cronológica e inserta en momentos secuenciales (Bayer, Historia de la estética), la metodología del fragmento opone la singularidad de cada trazo y su condición de polvo significativo. Esta idea del fragmento debe ser entendida en un doble sentido:

El valor de los fragmentos de pensamiento es tanto más decisivo cuanto menos se puedan medir inmediatamente por la concepción fundamental, y de él depende el brillo de la exposición en la misma medida en que depende el del mosaico de la calidad que tenga el esmalte. La relación del trabajo microscópico con la magnitud del todo plástico y del intelectual expresa cómo el contenido de verdad sólo se puede aprehender con la inmersión más precisa en los detalles de un contenido objetivo... (El origen del Trauerspiel alemán 225)

En primer lugar, el valor del fragmento no depende de su engranaje en una totalidad a la que pertenece, sea una historia de la literatura o filosofía, sea una ciudad como bloque organizado, sea la historia como marcha de la humanidad o el desarrollo del Estado nacional. Las posibilidades valorativas y significativas de una obra, en tanto que fragmento, dependen de su propia singularidad y de la forma en que esa singularidad despliega sus propios problemas, prácticas y saberes en contextos definidos. En segundo lugar, el fragmento atañe a una mirada que se concentra en las minucias, los desechos, los pedazos y es capaz de dotarlos de sentido; es decir, se trata de aquellas minúsculas realidades que tradicionalmente habían sido consideradas como de poca o nula significación justamente por su pertenencia a un mundo social ínfimo. Para Benjamin el fragmento posibilitaba otra comprensión de los fenómenos sociales, estéticos y políticos de una época. Frente a una consideración general, abstracta, universal y de grandes trazos, opone la mirada política que se demora en el polvo, lo fragmentario e inacabado. Digamos que no tanto analizar el Estado y sus grandes fundadores, sino las viejas casas y sus generaciones de moradores; no tanto la ciudad como espacio ordenado, productivo, seguro e higiénico, sino la calle donde los niños y niñas jugaban con sus diminutos cuerpos. Es una estrategia que mira hacia abajo y horizontalmente, en vez de arriba y verticalmente. Por supuesto, se debe entender que tampoco se trata de cualquier fragmento ni de cualquier mirada, sino de aquello que podía ser interpretado como revelador; es decir, las potencialidades explicativas del fragmento también están en relación con las potencialidades de la mirada.[4]

La relevancia metodológica del fragmento puede ser ilustrada con uno de los textos de Calle de dirección única. El texto que lleva por título “Filatelia”, es un ejemplo de ese esfuerzo para destacar las potencialidades metodológicas de esos minúsculos sellos para la comprensión de ciertas épocas, prácticas y saberes. No se trata sólo de un coleccionista obsesionado con tener en su repertorio el sello perdido o antiguo. Según Benjamin, “para estudiar los matasellos hay que poseer como detective la filiación de las oficinas de correos que gozan de peor fama, poseer en tanto que arqueólogo el arte de completar los más extraño topónimos, y poseer en tanto que cabalista el inventario de los datos de un siglo completo.” (Calle de dirección única 75). Se advierte que en la cita se relaciona las singularidades de los sellos y topónimos con las configuraciones de la historia, de tal manera que tocaba al investigador fungir como una suerte de “detective” para develar su índice oculto y mancillado. Y es que el filósofo consideraba que esas minucias y realidades microscópicas podían contener una memoria olvidada, ignorada y aplastada. No es la primera vez que se recurre al fragmento como patrón de análisis de la realidad. Ya Simmel destaca por su capacidad para observar lo detalles y fenómenos aparentemente insignificantes. También Nietzsche recurrió a los aforismos y breves textos para expresar su pensamiento. Este énfasis en lo fragmentario como índice de la historia, de la memoria y experiencia es lo que posibilita hablar de políticas metodológicas del fragmento.

Nuevamente aquí lo que está en juego no es una generalización, abstracción o la totalidad como unidad de sentido, ni la continuidad de la historia o el sistema como referente epistémico, sino la preparación política de la mirada en las metodologías del fragmento que tratan de preservar y salvar el trozo ignorado, discontinuo, olvidado o reprimido por las grandes narrativas y la historización lineal, homogénea y ascendente de la modernidad (sea en arte, en literatura, en política o en filosofía). Así, por recurrir a un ejemplo, de lo que se trataría en El origen del Trauerspiel alemán sería generar el “salvataje” de la singularidad histórica del trauerspiel  [drama] alemán y evitar su desaparición en una historización del arte en la que se le insertaba como copia de la tragedia griega.

La importancia de las políticas metodológicas del fragmento está en que no sólo posibilitan la subversión el conocimiento tradicional y la topografía lineal, homogénea, ordenada y jerárquica de la escritura, sino que operan en la memoria, la experiencia y la historia. Si en el primer caso se trata de un movimiento negativo porque maniobra como cortocircuito del epistemismo, en el segundo su función es positiva porque pretende salvar e intervenir contra el olvido, el rechazo, la desaparición y la opresión.

 

6.

Para Walter Benjamin existe una trabazón interna entre estrategia metodológica y las políticas del fragmento, como se puede apreciar en el siguiente texto:

Método de trabajo: montaje literario. No tengo nada que decir. Sólo que mostrar. No hurtaré ahí nada valioso, ni me apropiare de ninguna formulación profunda. Pero los harapos, los desechos, esos no los quiero inventariar, sino dejarles alcanzar su derecho de la única manera posible: empleándolos. (Libro de los pasajes 462)

Este singular “método de trabajo” no parte del sistema, la jerarquía, lo general o el principio regulador, sino de harapos, desechos, pequeños fragmentos, pedazos y minucias que la investigación debía saber justipreciar y emplear en su indagación. Por más contradictorios, inútiles, absurdos, irrelevantes, disonantes y discontinuos que parezcan esos fragmentos, el investigador debe montarlos y dejar que cristalicen en campos de tensión y posibilidades hermenéuticas. Para poner a prueba esta política del método, Walter Benjamin estudió las facetas ocultas, olvidadas y a punto de desaparecer de la ciudad. La fachadas derruidas, el asfalto cuarteado, las ventanas enmohecidas, los postes semiinclinados, la banca del parque cien veces pintada y reescrita infinitamente por los amantes, los anuncios comerciales con sus letras apenas legibles y el hierro del mobiliario urbano: en esos espacios minúsculos, discontinuos y olvidados había que reconocer el “momento singular […] del total acontecer” (Libro de los pasajes 463) y desactivar la lógica continuista, abstracta, general y sistémica del conocimiento tradicional que opera en la ciudad como el espacio vertebral de la racionalización, planificación, higienización, ordenación y producción en las sociedades modernas. Una lógica que por graduales e imperceptibles movimientos sacrifica lo singular y concreto en beneficio de lo general y abstracto.

En este imperceptible movimiento que pasa por “lógico”, asistimos a la normalización del olvido y la opresión de las múltiples singularidades; es decir —para recurrir al lenguaje foucaultiano (Foucault, Vigilar y castigar)— ese movimiento epistémico opera un doble efecto normalizador: políticamente neutraliza y productivamente disciplina. Es en esos fragmentos aparentemente insignificantes donde se oculta la memoria, donde las generaciones de nuestros antepasados, los muertos, los desaparecidos y los oprimidos, posiblemente habían dejado una huella que tocaba al presente trabajar para buscar su recuperación, reactivación y liberación. Es justamente esta pretensión de recuperar un índice oculto en las cosas y experiencias aparentemente insignificantes y mínimas y redimir un pasado mancillado, lo que justifica hablar de políticas del fragmento. Las metodologías políticas del fragmento operan como resistencia contra la hegemonía de lo general, coherente, abstracto y representacional.

Las políticas metodológicas del fragmento ayudan a prevenir contra dos tendencias firmemente establecidas en el epistemismo. Por un lado, la idea de que el pasado está clausurado y en tanto que tal, poco se puede hacer respecto a esos hechos o acontecimientos relatados. Por otro, la idea que sostiene que el futuro siempre alberga mejores tiempos y que los sufrimientos y sacrificios de las generaciones siempre serán compensados en ese tiempo por venir. Ambas tendencias son expresiones de un tiempo histórico “homogéneo y vacío” (Benjamin, Sobre el concepto de historia 314) y están en relación con el ideal epistémico de un conocimiento continuo, ordenado, exhaustivo y coherente de la historia. Para decirlo de otra manera, para ese historicismo no hay forma de intervenir en el pasado porque así ha sido fijado por la historia (exhaustividad y coherencia) y el deslizamiento del tiempo resulta cronológico (continuidad y ordenación). Esa pretensión epistemológica de continuidad, coherencia y orden cronológico es el motivo por el cual los historiadores tradicionales rechazan el anacronismo. Como afirma Didi-Huberman, éste es la “bestia negra” de los historiadores (51).

Pero ¿qué es el anacronismo sino la vigencia y fuerza del pensamiento alegórico, heterogéneo, múltiple y discontinuo? El epistemismo asocia el pensar alegórico con las primeras etapas de la humanidad y lo vincula con lo primitivo, caduco, clausurado y que sólo se encuentre en culturas “poco” desarrolladas, sobrevivientes del pasado. Contra este argumento, Didi-Huberman sostiene que los saberes, objetos, las prácticas y obras no son arreglos uniformes, coherentes, continuos y lineales,  sino que son montajes abigarrados, múltiples, estratificados y con temporalidades diversas y en las que el pasado puede pervivir en el presente y no quedar clausurado definitivamente; son, para recordar la imagen deleuzeana, rizomas. Frente al organigrama que se ordena bajo los principios epistemológicos de coherencia, jerarquía, orden, secuencia y cronología, el rizoma-constelación obedece a un desarrollo estratificado, policrónico, laberíntico, por capas, cesuras y ritmos espasmódicos.

 

7.

Tres figuras ayudarían a comprender las potencialidades de las políticas metodológicas del fragmento y lo que estaría en juego en su puesta en acción: el historiador anacrónico-alegorista, el trapero y el flâneur.

Benjamin recuerda que Bretón fue de los primeros en “dar con las energías revolucionarias que se contienen en lo «envejecido», como en las primeras construcciones de hierro, o en las primeras fábricas, o en las primeras fotografías, o en los objetos que empiezan a extinguirse, como en los pianos de salón, o en los vestidos de hace cinco años, o en los locales mundanos de reuniones cuando la vogue comienza a retirarse.” (El surrealismo. La última instantánea de la inteligencia europea 305.) En otro de sus escritos, a propósito de la memoria que parece habitar las casas de los primeros burgueses, afirmaba lo siguiente:

… Cuando entramos en la habitación burguesa de los años ochenta, la impresión más fuerte, pese a todo el confort que tal vez irradiara, era: «aquí no se te ha perdido nada». Y aquí no se te ha perdido nada, pues aquí no hay rincón alguno en el que el habitante no haya dejado sus huellas: en los estantes, mediante las figurillas; en el sillón acolchado, mediante las mantitas; en las ventanas, mediante la cortinas; ante la chimenea, mediante la pantalla. (Experiencia y pobreza 220)

Las cosas en medio de las cuales trascurre la vida de las personas no son simple mercancías que se compran, usan y desechan en la vorágine consumista. Como ha visto Marx en El Capital, las mercancías invierten su condición de valores de uso y ocultan que son producidas por singulares trabajadores. Ese énfasis en el valor de cambio oculta que el uso, no sólo las desgasta, sino también las inocula de memoria y experiencia de sus poseedores. Pero los párrafos citados encubren una preocupación: la pérdida de la memoria y el empobrecimiento de la experiencia en gran media es producido por el ascenso del capitalismo y las trasformaciones radicales que la ideología del progreso social operaban en la cultura y la sociedad. Al erosionarse las tradiciones y desarticularse el trinomio tradiciones/memoria/experiencia, se instala la creencia de que siempre es posible comenzar de nuevo, que se puede hacer tabula rasa y destruir sin mayores consecuencias una calle para construir una amplia avenida, inundar un pueblo con todo y sus muertos para construir una presa o fundar una nueva ciudad a partir de cero.[5] A pesar de este pesimismo, Benjamin también consideraba que aún era posible reactivar las energías políticas que dormitaban en la sociedad y sus manifestaciones colectivas.

Si la modernización se había constituido como resultado del despliegue social y político del capitalismo con sus ideas de continuidad, desarrollo, seguridad, higiene, ordenación y planeación y no parecía escatimar esfuerzos para la disolución de todo aquello que significaba un impedimento, lo que procedía, sugería Benjamin, era hacer estallar esa continuidad, ordenación y homogenización. No es que el autor fuera un antiilustrado, sino que había que oponer ciertas resistencias a esa lógica. Así como a la escritura tradicional y al epistemismo en que descansa ésta (con sus líneas continúas, ordenadas, cerradas y homogéneas), les oponía una escritura discontinua y un pensamiento alegórico y heterogéneo; así también a la modernidad y su marcha desarrollista y potencialmente destructora, se le podría contraponer una metodología que posibilitara el “despertar” de esa pesadilla en la que se estaba convirtiendo (Libro de los pasajes 393).

Apoyándose en la teoría onírica de Freud en la que los sueños mantienen contenidos latentes que el psicoanálisis debía interpretar y hacer despertar (Los textos fundamentales del psicoanálisis 122), Benjamin sostenía que cada época estaba escindida entre una parte que miraba a los sueños y otra que permanecía en la vigilia; es decir, cada época tenía un índice oculto que había que desocultar y hacer despertar (Libro de los pasajes 393-394). El riesgo era que esa parte que estaba volcada a los sueños no despertara y terminara por convertir su dormir en una terrible pesadilla.[6] Esa pesadilla podía tener el rostro del capitalismo (396) y su máxima expresión era la ciudad con su hiperconcentración humana, social, política y económica y su carga arrolladora, expansionista y destructora de ciertos tipos de experiencia y memoria que no se adaptaban a ese paradigma de modernización.

Este riesgo fue expresado alegóricamente en la conocida descripción del ángel de la historia de la tesis IX.  Se trata de un cuadro de Paul Klee llamado Angelus Novus. Lo que Walter Benjamin observa en el cuadro es un ángel “a punto de alejarse de algo a lo que mira fijamente. Los ojos se le ven desorbitados, tiene la boca abierta y además las alas desplegadas.” Ese ángel es la historia.  Luego el autor interpreta la imagen del cuadro:

Él ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y de las va arrojando a los pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero, soplando desde el Paraíso, una tempestad se enreda en sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. Esa tempestad lo empuja incontenible hacia el futuro, al cual vuelve la espalda mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo. Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad. (“Sobre el concepto de historia” 310) 

Lo que proyecta esa tesis es la inminencia de la catástrofe. Una catástrofe que tiene como base de incubación el modo de producción capitalista que reduce las personas a fuerza de trabajo (Marx). Esta reducción a simple energía es el inicio de la desposesión de los atributos de persona y con esta operación —que también es una operación lógica y epistémica— se instala en la sociedad un dispositivo generalizable y extensible a todos los ámbitos sociales. Así, las personas podrán ser reducidas ya no sólo a fuerza de trabajo, sino  a órganos para traficar, a organismos para laboratorios, a desechos, a esclavos en los campos de amapola y, en esa lógica intensificadora y generalizadora, constituirá la noción de personas sobrantes, prescindibles y descartables. En lo que Mbembe denomina —con bastante confusión pues no alcanza a ver el fondo del problema— para el caso de África como necropoder y que algunos estudiosos de la violencia y la guerra del narco han repetido acríticamente. Esa generalización pareciera que se ha hecho realidad en México con las fosas clandestinas, los asesinatos y los desaparecidos. Pero es también la urgencia anunciada en esa tesis la que también trae aparejadas posibilidades para reactivar la conciencia crítica y las políticas metodológicas del fragmento para movilizar las resistencias. Esto podía ser viable mediante la correcta lectura de un “índice oculto” (Benjamin, Libro de los pasajes 465). Por más que el capitalismo pretenda vaciar los objetos, las experiencias y memorias de toda adherencia significativa, había huellas, fragmentos, pliegues y marcas apenas visibles que había que rescatar y por las que había que luchar antes de que se perdieran para siempre.

Esas resistencias podrían plantearse desde tres figuras centrales para las políticas metodológicas del fragmento: el historiador anacrónico-alegorista, el trapero y el flâneur. Mediante el primero se podía narrar la historia de los olvidados, los oprimidos, los que quedaban fuera de las historias y relatos de los vencedores y fundadores de las ciudades y Estados, los indigentes que son expoliados por la “modernización” de la vieja plaza, los pobres que son ahuyentados para la construcción de un mall; mediante el segundo, se recuperaban los fragmentos, el polvo social, los desperdicios y todos los “desechos” que el capitalismo expolia con su lógica del “cómprese, úsese y tírese”, incluidos los inmigrantes, los indígenas, lo desplazados, la mano de obra desahuciada y los ancianos, en los que era posible vislumbrar experiencias acalladas, reprimidas o no narradas; mediante el último, a la manera de las “derivas” situacionistas (Debord, Teoría de la deriva), se introducen los recorridos inesperados, zigzagueantes, creativos, discontinuos, del vagabundeo que opera como contrapunto al tipo de experiencia normalizada del peatón-consumidor-empleado que agota su existencia en la linealidad del tempo productivo.

¿Qué  forma adquiriría el investigador si sumará a su mirada el historiador anacrónico-alegorista, el trapero y el flâneur? Tres figuras metodológicas de las políticas del fragmento que operan como cortocircuitos a la experiencia lineal, productivista, general y abstracta. Tres figuras de las políticas del fragmento y la resistencia que se oponen a las estrategias del epistemismo. Si las metodologías epistemistas se obsesionan con la neutralidad, objetividad, incontaminación, predicción, el sistema, lo general y el progreso en el conocimiento, por su parte, las metodologías políticas del fragmento apuestan por la contaminación y su inmersión en las cosas y la base material, operan desde el fragmento, las minucias, los desechos y asumen lo inesperado, el vagabundeo y nomadismo de los saberes.

 

8.

Iniciamos este texto recordando otro célebre en el que se interpretan los cuentos y su función en la psiquis infantil. En un conocido artículo Walter Benjamin sostiene que los cuentos infantiles tenían la función de liberar de las “pesadillas que el mito había descargado en su pecho [de los niños]” (El narrador 61) La narración del cuento operaría como medio para desactivar el mito que paraliza y a su vez ayudaría en la liberación de los temores de los pequeños. Pero entonces, ¿qué pasa con el investigador?                               

Como recuerda el antropólogo Laplantine, el  “sujeto del conocimiento” del epistemismo se basa en el “célebre «principio de identidad» de un sujeto siempre idéntico a sí mismo, cuyo corolario es el «tercero excluido»” (43). Ese sujeto hace de la investigación una práctica que exhibe como sus principales atributos la objetividad y neutralidad. De esa manera, cree que controla la investigación y expulsa lo aleatorio, contingente y perturbable. Este positivismo apuesta por “saberlo todo, enseñarlo todo, esclarecerlo todo, para que no quede ninguna sombra, ningún claroscuro” (45).

Si el cuento ayuda en la lenta liberación del miedo que el mito inocula en la infancia, las metodologías políticas del fragmento podrían impedir que la investigación se constituya en esas carcasas endurecidas por los principios de lo continuo, sistemático, representacional, idéntico, exhaustivo, coherente, el dualismo y el logicismo en los que suele apoyarse el conocimiento autoreputado como “científico”. En mi opinión, este es uno de los motivos por los cuales la investigación que abreva de esa episteme tiende a fosilizarse en esquematismos y prácticas rutinarias. Para plantearlo de manera más ambigua pero también más cercana al pensamiento constelado, esos principios representan el “lobo feroz” del cuento de Caperucita Roja. Un lobo que siempre amenaza con sus colmillos de “objetividad”, “neutralidad” y “cientificidad” y transforma los sueños de los jóvenes investigadores en las terribles pesadillas del mito. Pero la práctica de la discontinuidad, la heterogeneidad, la sorpresa, el imprevisto, la constelación, lo fragmentario y la capacidad de asombro, posibilitan quebrar los mitos de la investigación. Posibilitan reconocer que la investigación también es un campo de disputa política. Posibilitan que el feroz lobo devorador sea devorado.

 

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NOTAS:


[1] Militante comunista, directora de teatro y de la que Walter Benjamin estuvo enamorado.

[2] Sobre esta problemática y las interpretaciones, Tiedemann 883.

[3] Actualmente existen amplios debates en torno a las propuestas metodológicas de las constelaciones, que van desde la filosofía social y la teoría del conocimiento hasta la historia conceptual; para dase una idea, véase el volumen colectivo editado por Faustino Oncina Coves, Constelaciones.

[4] Quizás valdría también comenzar a poner en duda el estatuto epistémico de la mirada en la investigación. El pensamiento del siglo XX (Sartre, Foucault y Benjamin, por sólo mencionar tres importantes) han depositado en la mirada un potencial hermenéutico para observar críticamente los materiales; pero también la mirada hegemoniza y tiraniza el resto de los sentidos. Como ha sugerido Alain Corbin, el desplazamiento de la mirada con respecto a los sentidos del olfato, el gusto, el tacto y el oído no es una medida inocente y está en relación con el ascenso del capitalismo.

[5] Este es el drama que enfrentan los habitantes de Temacapulin, Acasico y Palmarejo, pueblos que el estado mexicano pretende inundar con motivo de la construcción de la presa Zapotillo. ¿Y qué será de los habitantes? ¿de sus recuerdos, de sus muertos, de su infancia adherida a las calles, de los hermosos atardeceres? Este es un ejemplo de lo que aquí se afirma, pues a la par que se pretende desaparecer un pueblo que obstruye el desarrollo de la modernidad, se les ofrece otro poblado, construido desde de cero. Sobre algunas implicaciones de la política desarrollista de construir nuevas ciudades, véase los estudios que realiza de algunas ciudades (París, San Petesburgo, Nueva York) el teórico marxista Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire. Por supuesto, las políticas desarrollistas no sólo desarraigan y operan destruyendo la memoria, los recuerdos y el presente, sino también clausuran las posibilidades del futuro.

[6] Para las complejas relaciones del autor con el psicoanálisis, véase lo que sostiene Francisco Naishtat en El psicoanálisis en la historiografía de Benjamin. La trama esotérica de una recepción y su impacto en la historiografía materialista de la Obra de los pasajes.

 

Ediciones KARPA Los Ángeles, CA.

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ISBN 978-1-7320472-1-1