R. Bharucha - Terror y performance - Posdata

 

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Finalizar un libro sobre el terror es algo ilusorio, si no desesperadamente optimista, como sugerí en el prefacio. No es solo que el fenómeno global del terror siga mutando y adquiera nuevas formas y manifestaciones, sino que nuestros intentos por comprenderlo se ven constantemente frustrados: penetrar en sus ensamblajes y modalidades existentes da pie a aterradoras revelaciones sobre su lógica inexplicable y sus modos emergentes de operación.  A este respecto, casi cualquier libro sobre el terror corre el riesgo de parecer algo anticuado, pues el fenómeno del terror sobrepasa de lejos nuestras capacidades para comprender sus metástasis.

El problema no consiste solamente en ponerse al tanto de las nuevas tecnologías: si los misiles no tripulados de largo alcance son hoy día los performers más mortíferos de muerte y destrucción, también habría que tener en cuenta la coexistencia de mecanismos explosivos de baja tecnología como las bombas de olla a presión utilizadas en el ataque terrorista al Maratón de Bostón el 15 de abril de 2013. Una estrategia tan amateur es casi una burla a la hybris de aquellos expertos en armamento a los que les gustaría creer que las armas de alta tecnología tienen la capacidad de aniquilar toda forma de oposición con una máxima eficiencia y un mínimo de pérdidas. No es probable que este ethos dudoso impida que el terror surja de formas más tortuosas y cotidianas.

Ya que el acto de escribir sobre el terror no puede ser reducido a sus múltiples tecnicismos, sería más apropiado ver sus complejidades en relación con temporalidades en conflicto: aunque el terror golpee a niveles sin precedentes en el presente instantáneo, es a la vez resultado de una longue durée de tiempo clandestino en la que se va cebando en virtual clandestinidad; simultáneamente también presenta la prórroga o postergación de un terror por venir de modo más virulento, como este libro ha argumentado con base en la teoría de Derrida sobre la “nueva temporalización” del terror[1]. Dentro de semejantes deslizamientos del pasado, el presente y el futuro, cualquier intento de “fijar” el terror en el tiempo—y por tanto “explicarlo” o “acabar con él” así sea solo dentro de los confines de un libro—sigue siendo una gran ilusión.

Al reconocer que las temporalidades mortales del terror lo convierten en un fenómeno masivamente elusivo, lo que ofrezco aquí no es una conclusión, ni siquiera una coda en la tradición del modo menor que da pie al acorde mayor en la Tercera de Picardía con que finalizaban las fugas de Bach. “Resolver” el terror de esta forma sería una indulgencia barroca. En cambio, opto por una posdata—algo más críptico, una concatenación de fragmentos, pensamientos sobrantes, aide-mémoires para futuras narrativas e inserciones de último minuto de lo que no fue tratado adecuadamente en el libro.

Si el terror es hoy en día un fenómeno mutante, muy distante de los asesinatos por motivos ideológicos y planes maestros del pasado para eliminar a los demagogos, señores feudales, enemigos de clase, guerrillas y enemigos del estado, esto puede relacionarse con los procesos cada vez más virtuales y privatizados de su incubación. En este estado de ocultamiento esos ensayos del terror emergente cuyo objetivo son sectores enteros de la población se planean de acuerdo a combinaciones de odio, ira y traumas sin reconocer.

Recientemente, la clandestinidad letal de este fenómeno ha sido explicada por el fenómeno de la autorradicalización, uno de esos neologismos que entraron en el vocabulario del terror con simpatizantes (como el Presidente Obama al describir a los terroristas de Boston como “autorradicalizados”) y detractores (aquellos ideólogos que descartan la “autorradicalización” como algo “chic”, como la absurda teoría de jour[2]). Tal vez la verdad yazca en algún punto entre esos dos opuestos, en la medida en que a esas condenas intransigentes que mantienen que todos los terroristas fueron “convertidos” y “reclutados” por grupos extremistas y fundamentalistas ya existentes, todavía les falta reconocer los enigmas de los procesos más infinitesimales de adoctrinamiento. En esos procesos, el “sujeto” se vuelve elemento integral de un constructo ideológico del terror, guiado a la vez por una biografía personal traumática e inextricablemente vinculada a la intimidad de una “comunidad” electrónica.

Semejante “sujeto” es evidente en el ejemplo de Anders Behring Breivik, quien hizo estallar edificios gubernamentales en Oslo el 22 de julio de 2011, teniendo como resultado ocho víctimas mortales, acto seguido del asesinato a tiros de al menos setenta y siete víctimas, en su mayoría jóvenes adolescentes, que asistían a un campamento de verano de la Liga Juvenil del Partido del Trabajo en la isla de Utoya. Es posible decir que Behring puede verse como el prototipo de un “nuevo terrorista” autorradicalizado. No se parece ni al Estrangulador de Boston ni al Hijo de Sam y sería un error categorizarlo como un “asesino en masa” al estilo de esos criminales trastornados presos en un torbellino de asesinatos obsesivos, violaciones y crímenes perversos. En cambio, la victimización de “su propia gente” estaba basada ideológicamente en su odio inequívoco al Islam, al marxismo cultural y al multiculturalismo—un odio que en gran medida se alimentaba de su apetito voraz por meterse con la más virulenta propaganda xenofóbica de extrema derecha disponible en internet. En términos de su práctica terrorista concreta, hay que relacionar el formidable profesionalismo de las habilidades de Behring para disparar con su uso sistemático de juegos de video como World of Warcraft [El mundo de las tácticas bélicas] y Call of Duty: Modern Warfare 2 [La llamada del deber: guerra moderna II]. Behring se entrenó como terrorista gracias a los reflejos instantáneos de múltiples asesinatos en los escenarios simulados de esos juegos, aumentando así su pericia para cometer el predestinado acto de terror.

¿Hasta qué punto las circunstancias performativas del “entrenamiento” de Breivik y sus “ensayos” como terrorista pueden tildarse de “autorradicales”? Puede que Breivik haya actuado solo, pero el imaginario de su crimen se alimentaba, a una prodigiosa escala global, de los estímulos recibidos desde redes y sitios web derechistas alrededor del mundo. Esto le permitió forjar los lazos más improbables, que incluían organizaciones como la Rashtriya Swayamsevak Sangh[3]. Para enfatizar un punto crucial, el proceso de su “radicalización” no puede separarse de la “mediatización”, esta supera de lejos cualquier forma previa de adoctrinamiento mediante interacciones frente a frente con ideólogos del terror en células o campamentos terroristas.

En ese sometimiento a una virtualidad desenfrenada pero palpable, nos hemos alejado bastante de epistemologías anteriores de lo “radical” y la “radicalización” delineadas por Raymond Williams con tanta precisión en Keywords, 1985, [Palabras clave], donde encontramos que tal palabra ha vacilado entre sus manifestaciones liberales y rebeldes a través de los siglos. Sin embargo, según yo veo la palabra hoy día dentro de la problemática de la “autorradicalización”, esta no es tanto lo “radical” o la “radicalización”, sino el “sujeto”. ¿Cómo vemos al “sujeto” en la época del terror? Tanto los simpatizantes como los críticos estadounidenses de la “autorradicalización” parecen invocar una visión liberal del “sujeto” como agente libre y autónomo, por circunscrito que se encuentre a las tribulaciones de la inmigración y una vida familiar conflictiva. Estas circunstancias atenuantes casi que están destinadas a producir loosers [perdedores], la palabra estadounidense por excelencia con que los medios y algunos familiares describieron a los atacantes de Boston. Tal vez necesitamos llegar a una comprensión más globalizada del “sujeto”, menos autónomo y más conectado de lo que se piensa a una red interactiva de indicaciones y configuraciones que alientan intervenciones potencialmente terroristas. La construcción liberal del “sujeto” como individuo que piensa libremente—“libre” para actuar de modo independiente como radical/terrorista o para unirse voluntariamente a una organización terrorista existente—parece algo obsoleta en la época del terror.

La escritura de este libro me hizo consciente de las tribulaciones de la investigación que les aguarda en el futuro a los actos fundamentales de leer y ver el terror. Yo propondría que el futuro de la investigación sobre el mismo es tan difícil como el tratar de predecir de qué modo podría uno comenzar a evaluar su turbia materialidad. A este respecto, Joseph Pugliese caracteriza acertadamente toda indagación sobre el terror, en particular sus dimensiones tecnocráticas, como “inscritas en una investigación académica constitutivamente incompleta[4]. Gran parte de lo que ocurre en las cárceles secretas de Afganistán, por ejemplo las llamadas “pozo de sal”, “el hangar”, “la prisión oscura” y Panjshir, permanece oculto y por tanto, lejos de los ojos del mundo. Todo lo que hay sobre esos agujeros negros, entre otros lugares semejantes, son documentos oficiales en los que, si es que el investigador pertinaz tiene suerte, el nombre de una víctima aparecerá en una nota al pie después de haber sido sistemáticamente “editado” del resto del documento. La edición no es solo una borradura más en la cual es posible rastrear las huellas y palimpsestos de palabras previas. Se parece más a un manchón oscuro, a una tachadura de hechos controversiales relacionados con la tortura e identidad de la víctima. Sin embargo, en raras ocasiones, puede que un nombre sea revelado sin intención debido a la “fatiga de la edición”, según expresa Pugliese escuetamente: eso fue lo que pasó con Gul Rahman, que permanece “sepultado en la nota 28 de la Respuesta Clasificada al Reporte Clasificado de la Oficina de Responsabilidad Profesional del Departamento de Justicia de EEUU, julio 29, 2009”[5]. Uno podría preguntarse qué significa un nombre. Yo diría que la vida en toda su vulnerabilidad y corporalidad, incluso si esa vida ha sido eliminada.

Si el acto de “ver” es sometido a una presión considerable debido a la censura de los documentos oficiales, casi que se hace más complicado imaginar cómo leer la proliferación de imágenes que se han generado alrededor de la prisión de Abu Ghraib. Sobra decir que por todos los cientos de imágenes disponibles de la sádica tortura infligida sobre prisioneros iraquíes, hay tantas o más imágenes que no han sido reveladas de violencia sobre los cuerpos de mujeres iraquíes. Como parte de esta censura sistemática, toda la evidencia de la deshumanización de Abu Ghraib disfrazada de “juegos y diversión” todavía no está disponible para someterla al escrutinio crítico y la justicia. Por el contrario, algunas de las imágenes más repugnantes del archivo de Abu Ghraib han sido usadas como justificación para la liberación de los torturadores que participaron en esos juegos, aparentemente sobre la base de sus decisiones subversivas y valientes de revelar las atrocidades del ejército estadounidense.

Tal es la postura que ofrece la delatora Sabrina Harman, soldado especialista del ejército estadounidense, quien en una serie de imágenes aparece sonriéndole a la cámara mientras hace un gesto triunfante con los pulgares, con un porte relajado que irradia regocijo, mientras a su lado yace en el suelo el cuerpo maltratado de Manadel al-Jamadi. Mejor conocido como “el hombre de hielo”—uno de los muchos seudónimos insultantes con los que se borraban los nombres de los prisioneros iraquíes y se los sustituía por categorías como “el chico cagado” y “el hombre con correa”—Manadel al-Jamadi fue “golpeado, asfixiado hasta morir y puesto en congelación”[6]. Después de que preservaron su cuerpo en el cuarto de duchas, fue llevado en camilla como si estuviera gravemente enfermo, pero vivo. Es difícil no leer un crimen en este perverso engaño del ejército estadounidense. Si no fue un crimen contra la humanidad en general, si lo fue contra otro ser humano: Manadel al-Jamadi.

¿Cómo podemos leer la “performance” de Sabrina Harman mientras ríe y hace el gesto con los pulgares frente al veredicto oficial de que sus “acciones posteriores” deben ser vistas en el contexto de la “resistencia” y la “desobediencia civil”?[7] Esta última categoría tiene una resonancia particularmente desagradable en el contexto de la filosofía política y práctica de Gandhi, para quien la “desobediencia civil” nunca implicó la aceptación estratégica del mal; razón principal por la que Harman logró obtener su libertad ante el mundo en general. Elocuentemente, no fueron ni expertos en terrorismo ni teóricos visuales quienes notaron las verdaderas intenciones de la performance “heroica” de Harman. Es un teórico de la literatura, Alex Danchev (2011), quien ofrece la convincente tesis de que tal vez las múltiples imágenes y performances de Harman no son tan distintas como ella (o sus defensores en la corte) quieren hacernos creer.

Danchev profundiza en los engaños tras la decisión jurídica de liberar a Harman, cuando llama la atención a su primera imagen, en la que ella fotografía a un detenido desnudo y esposado, con ropa interior que le tapa la cabeza. Aunque ella sostenga que vio un asombroso parecido entre Jesucristo y el cuerpo torturado del preso, lo cual le causó risa, el punto es que ese reflejo luego la lleva a reconocer más críticamente que el cuerpo torturado del prisionero iraquí está sufriendo “acoso sexual”. A su turno, esta revelación conduce a un tipo de autorreflexión por parte de Harman, que la lleva a jugar el papel de agente encubierta con la misión de “conseguir las fotos y probar que EEUU no es lo que ellos creen”[8].

Sin embargo, el “hecho incómodo”, como señala Danchev, es que

La Sabrina posterior, consciente, sigue actuando de modo muy semejante a la Sabrina insensata de antes, con la sonrisa, el pulgar y la cámara en la parte más dura del abuso y tomando exactamente el mismo tipo de fotografías por encargo. También está la pregunta sobre qué es exactamente lo que ella asumió que sería demostrado con su “prueba”[9].

Es a través de una lectura detallada de las imágenes que se ocupe de sus minucias y repeticiones, que uno puede empezar a cuestionar las maneras en las que la tortura y la crueldad sádica pueden ser exoneradas y justificadas.

Puede que las acciones de Hartman pertenezcan a la categoría normativa de “performance” pero, para reiterar las categorías de Genet que discutí antes en este libro, están cargadas de manifestaciones de brutalidad, en oposición a la violencia. Sin importar las opiniones legales que enaltecieron su pose en alegres fotografías junto a un cadáver como la arriesgada acción de una verdadera (y patriótica) informante estadounidense, a uno le queda la escalofriante cavilación de que Sabrina Harman es una actriz excepcionalmente buena. Aunque admite que su consciencia se incomoda por el acto de posar con un cadáver, sigue sonriendo como si disfrutara de los crímenes que la rodean. Lo que estoy leyendo aquí no es un heroísmo subversivo, sino un rostro sonriente de complicidad con el mal.

Debo reconocer que esta interpretación podría contradecirse con otras lecturas de la sonrisa de Harman—lecturas que indican los nuevos retos propios del leer las imágenes que rodean la hermenéutica del terror. Para amplificar estos dilemas interpretativos, se podría argumentar que si Harman es alabada inequívocamente como una buena estadounidense, ¿por qué otro delator, en particular Edward Snowden, es señalado tan categóricamente como enemigo del estado? Parecería que la guerra al terror está entrando en una nueva fase en la medida en que la guerra a la información se hace cada vez más visible y se despliega con una agresividad más intensa en el ámbito político global. ¿Qué es lo que está en juego aquí?

Cuando Harman y Snowden descubren “secretos de estado”, la una relacionados con la tortura en una prisión de verdad, el otro sobre los actos encubiertos de espionaje de EEUU a otras naciones y a su propio pueblo, la acción de la primera es alabada, pero se revoca la ciudadanía del segundo sin posibilidad alguna de apelación. Una nueva forma de terror: Snowden se queda sin estado y permanece preso por un mes en el área de tránsito del aeropuerto de Moscú, buscando desesperadamente el derecho a viajar. Lejos de ser un nuevo terrorista, como probable piensan los halcones de derecha del establishment estadounidense, es posible ver aquí una nueva forma de resistencia al “imperialismo de la información”, cuyas implicaciones todavía no han sido evaluadas de forma adecuada.

En el entretanto, es útil recordar que al menos John Lewis, líder experimentado y muy respetado de los derechos civiles, así como estadista de EEUU, ha respondido a la supuesta “desobediencia civil” de Snowden con palabras cuidadosamente escogidas:

De acuerdo con la filosofía y disciplina de la no violencia, de acuerdo con las enseñanzas de Henry David Thoreau y gente como Gandhi y otros, si usted cree que algo no está bien, que es injusto, y usted está dispuesto a desafiar costumbres, tradiciones [y] leyes nocivas, entonces usted tiene consciencia. Tiene el derecho a desafiar esas leyes y estar dispuesto a pagar el precio[10].

Al día siguiente a Lewis se le pidió que aclarara que él no estaba ni “comparando” a Snowden con Gandhi, ni “ensalzando” las acciones de Snowden: “No puedo decir y no dije que lo que Snowden hizo estaba bien. Otros se encargarán de juzgar eso”.  Todo lo que hizo fue llamar la atención al hecho de que hay que pagar un precio por cualquier acción suscitada por los dictados de la consciencia, como reivindica Snowden y el mismo Lewis secunda tácitamente.

Yendo más allá de la excesiva atención de los medios a individuos como Snowden, que corre el riesgo de despolitizar un movimiento más amplio alrededor del derecho a la información, debemos prestarle atención a la críptica declaración de Noam Chomsky: “Todos se preocupan por detener el terrorismo. Pues bien, hay una forma muy fácil: dejar de participar en él”[11]. Se asume que esta participación se refiere tanto a los “espectadores” como a los “actores” que realmente cometen actos de terror. A la vez que apoyo el consejo sensato y pragmático de Chomsky, yo argumentaría que exigir que “dejen de participar” en el terror es más fácil de decir que de hacer para millones de personas alrededor del mundo que lo consumen diariamente mediante la impresionante manufactura de imágenes y bytes de pensamiento en la televisión y los medios sociales. Se requieren mucha más cautela y responsabilidad para esquivar, si no oponerse, a la actual “manufactura del consenso”; se necesita un nuevo mecanismo de supervivencia, nuevas formas de protección y educación cívica que no se limiten a alimentar las culturas dominantes de la vigilancia.

¿Pero cómo conformar este mecanismo a partir de los residuos de la sociedad civil en estados poscomunalistas y posgenocidas en los que la policía y otros guardianes de la ley podrían ser los perpetradores más virulentos del terror de nuestro tiempo? ¿Debe la gente recurrir a otras formas de justicia por su propia mano y por fuera de la ley que podrían intensificar la violencia? En ningún momento ha sido más urgente la necesidad de justicia y activismo pacífico. Si bien no tengo “buenas noticias” que ofrecerle al lector al final de este libro, ninguna luz al final del túnel, pondría mi fe en la continuidad de la lucha no violenta, cuyos imaginarios y estrategias requieren nuevas estructuras de performances para contrarrestar el terror en cuerpo y espíritu. A luta continua.

 

NOTAS

[1] Véase la sección “trauma” en Deconstructing terror, capítulo 1, pp. 53–56.

[2] Para acceder a una crítica de la “autorradicalización”, veáse el artículo de Michael Leeden titulado “Self-Radicalization Chic: The Preposterous Theory du Jour”, The Weekly Standard, 20 de mayo de 2013.

[3] A partir del reporte de Praveen Swami “Norwegian mass killer’s manifesto hails Hindutva” [el manifiesto del asesino en masa noruego exalta a Hindutva], The Hindu, 26 de julio 2011, nos damos cuenta cómo figura India en el manifiesto de 1.518 páginas de Breivik debido a su profundo aprecio por las organizaciones y partidos nacionalistas hindúes. No solo se compromete al “apoyo militar” para la “deportación de todos los musulmanes de India”, sino que incluso propone que se les dé una medalla por su “Servicio para Liberar a India” a todos los que colaboren en la tarea. Significativamente, a pesar de su apoyo al nacionalismo hindú, en la visión de Breivik de una Europa posrrevolucionaria no hay lugar para los patriotas asiáticos no musulmanes. En el mejor de los casos, serían una nueva “clase servil” que viviría en “comunidades segregadas en áreas predefinidas de cada ciudad [europea]”, trabajando 12 horas diarias de 6 a 12 meses, para luego ser enviados rápidamente de vuelta a sus países. No existen derechos para las minorías en esta descarada justificación del apartheid racista.

[4] Joseph Pugliese, State Violence and the Execution of the Law: Biopolitical Caesurae of Torture, Black Sites, Drones, 2013, 27.

[5] Ibid., 161.

[6] Estos hechos tomados del artículo de Jane Mayer “A Dead Interrogation” publicado en The New Yorker, 14 de noviembre de 2005, los incluye Philip Zimbardo en The Lucifer Effect: Understanding How Good People Turn Evil, 2007, 409–11.

[7] Véase el capítulo de Alex Danchev sobre “It’s All Fucked Up, or The Non-Fiction Horror Movie: The Cinema and the War on Terror” [Todo se jodió o la película de terror que no es ficción: el cine y la guerra al terror], On Art and War and Terror, 2011, 212. El documental de Errol Morris Standard Operating Procedure (2008) apunta explícitamente a la “resistencia” y “desobediencia civil” de Harman.

[8] Alex Danchev, On Art and War and Terror, 212.

[9] Ibid.; énfasis en el original.

[10] John Lewis, “Veteran Civil Rights Leader: Snowden Acted in Tradition of Civil Disobedience", The Guardian, 7 de agosto de 2013, http://theguardian.com, consultado el 18 de agosto de 2013. Andrew Beaujon discute aclaraciones subsecuentes a la postura de John Lewis en “What Exactly did John Lewis tell The Guardian about Edward Snowden?”, Poynter, 12 de agosto de 2013, http://www.poynter.org, al igual que Jim Gallowa en “Daily Jolt: John Lewis Backs off Comparison of Edward Snowden to Gandhi”, Political Insider, 8 de agosto de 2013, http://www.ajc.com. Ambos artículos fueron consultados el 18 de agosto de 2013.

[11] Esta declaración aparece en el documental de John Junkerman titulado Power and Terror: Noam Chomsky in Our Times, 2002.

 

 

Terror y performancE       -      Rustom bharuchA       -      TraduccióN de Paola maríN      -     Ediciones KARPA