E. Chávez



 

  

“¿QUIÉN NOS NOMBRARÁ? DESAPARICIÓN Y BÚSQUEDA EN MÉXICO”.

 

 

EDGAR CHÁVEZ HERNÁNDEZ(*)

Fotógrafo, Escuela Activa de Fotografía / Centro de la Imagen

 

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(*) Licenciatura en Antropología Social por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Tesis: La Antropología Visual como propuesta teórico-metodológica para una recuperación de Memoria Histórica, o la búsqueda de una Antropología Social más real: La Organización Sociedad Civil Las Abejas de Acteal. Maestría en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Tesis: Narrar el dolor, desaparecer en México, Organización Comunicacional, Estrategias y Mecanismos Narrativos de Visibilización desde los familiares de personas desaparecidas.

 

Sinopsis: En el presente artículo se hace una revisión del estado contemporáneo que guarda la seguridad y la vida en México. Se propone también un análisis de la política del Estado mexicano que ha enmarcado en un ambiente de violencia durante los dos últimos sexenios un espacio propicio para las desapariciones forzadas en todo el territorio nacional. A partir de ello los familiares de personas desaparecidas han producido una serie de estrategias tendientes a la búsqueda de sus seres queridos, generando prácticas y narrativas alrededor de la búsqueda en vida y en muerte; la búsqueda de fosas clandestinas ocupa un momento límite en la vida de quienes buscan en medio de una “guerra contra el narcotráfico” administrada e institucionalizada, pero también en la vida pública del país. Es importante mostrar un acercamiento a la palabra y la construcción narrativa de las y los familiares para afrontar un ambiente adverso como el que se vive actualmente.

Palabras clave: Familiares, Violencia institucional, Desaparición Forzada, Narrativas, NarcoEstado.

 

¿Quién nos nombrará?

“Conscientes de que el problema del narcotráfico ha masticado con rabia todas las fronteras, podemos pensar que son sólo los emisarios de los cárteles quienes dan la orden de la ejecución, el levantón, el jodido calambre para que no escriban más en ese periódico que incomoda, estorba, se entromete...No sólo los narcos desaparecen y matan a los fotógrafos, los redactores, los periodistas. También hacen su tarea de exterminio los políticos, la policía, la delincuencia organizada coludida con agentes, ministerios públicos, funcionarios de gobierno y militares. El gran pecado, el imperdonable delito, escribir sobre los dolorosos acontecimientos que sacuden a nuestro país”. Javier Valdés (Narcoperiodismo)

 

Edgar 1

Foto Cortesía: Mario Vergara. Restos de cabellos humanos encontrados en una fosa clandestina en Guerrero, México.

 

Preámbulo

La normalidad democrática no existe en un régimen de excepción, y la excepción es lo que marca hoy en 2017 a este país. Parece que en México uno desaparece con la desaparición misma como hecho delictivo, sin embargo uno se desdibuja y se esfuma de la vida social y de la geografía cotidiana en el momento en que el Estado lo criminaliza y lo incomunica de su entorno; buscar a las y los desaparecidos es prueba de ello. Del dato a la anécdota, la enunciación del delito queda difuminada en un mar profundo de violencia; en este país, se intenta trazar una delgada línea entre víctima y victimario. A todo aquel que busque señalar la ignominia de la violencia, la obscenidad de la crueldad, de un sistema que se ha socializado y penetrado todo para perpetuar el martirio como razón social de existir, su condena: la invisibilidad.

Tan sólo en informes recientes de 2017 del Observatorio Nacional Ciudadano sobre seguridad, justicia y legalidad las cifras son alarmantes, no sólo en el tema de desaparición forzada, pues es en delitos de alto impacto (como se catalogan) donde se acentúa más el crecimiento porcentual (ver Vélez Salas “El registro estadístico de la desaparición: ¿delito o cirsumstancia?”). Es el homicidio doloso el que marca la huella de la violencia en este 2017. El análisis insuficiente de las cadenas de responsabilidades institucionales, de seguridad y gobierno no develan la magnitud de lo que estamos viviendo, lo que estamos sufriendo.

Hablar del otro siempre es más cómodo que hablar de uno mismo, aunque en este momento de la historia los otros somos nosotros, el dolor se ha hecho contiguo, tanto como el miedo de lo que ocurre.

La aceptabilidad de lo que se busca referenciar en un entorno de normalidad, implica que lo cotidiano se muestre como natural, pero ¿cómo pensar la naturalidad democrática en un entorno que favorece la construcción de seguridad nacional por encima de la seguridad de las personas? Es claro que se conduce a un ambiente propicio de miedo, donde la exploración de esa cotidianidad violentada lleva a la práctica sistemática de la parálisis social como una estrategia disuasiva (una de muchas) para la movilización y la oposición a dicha violencia.

Un montaje perfecto: un enemigo interno (narco), el mal necesario (la militarización del país), los efectos colaterales (una población vulnerable / vulnerada). Con ello se busca disuadir también de la búsqueda de personas. Se habita el miedo y se vive dentro, la ley y la legitimidad de su aplicación mueven el orden de un esquema político y de gobierno violento, porque se constituye necesario a sí mismo para el control de dicho orden. La narrativa de la violencia impera.

En México hoy se está encontrando a más personas muertas en fosas comunes legales e ilegales (Brito, “Fosas de Tetelcingo”) y fosas clandestinas que en vida: es importante señalar que las cifras sobre homicidios dolosos y desapariciones no cuadran por su tipificación, por que aún antes de ser encontrados en fosas, muchas de las personas exhumadas en esas sitios fueron desaparecidas consumando un delito previo que pocas veces es reconocido. Las fosas comunes pertenecen al Estado, las clandestinas al “crimen organizado”, al menos eso es lo que nos han hecho creer. Los familiares afirman que todo hallazgo en cualquier lugar es de interés para otros, dicen que de ahí la importancia de indagar sobre los resultados y circunstancias de una investigación para poder aportar más datos en la búsqueda de una o más personas desaparecidas. En ello han comprendido amargamente que no hay ley mínima ni suficiente, no existe por tanto garantía de la no repetición del crimen infame de desaparición forzada, tampoco garantía de no traición de un sistema político que se burla de las familias. En México los últimos dos años se discutió en las cámaras de representantes una Ley General sobre desaparición de personas que llevó a un callejón sin salida aún con la participación de las familias y la reiteración de lo que creían necesario en ella, hoy aprobada y mutilada en su contenido. 

Categorizar una tipología de crimen de desaparición forzada o no según los estándares internacionales sobre la materia, que incluso México ha signado, lleva a generar una tipificación diferenciada que atenúa los crímenes cuando se elimina la palabra forzada. Hasta ahora no ha servido de mucho a las familias que buscan, son los testimonios y evidencias sobre las miles de desapariciones (decenas de casos de esas personas buscadas en vida son halladas en fosas) en todo el territorio nacional, que demuestran sistemáticamente que existen elementos probatorios de omisión o participación de elementos del Estado mexicano en sus tres niveles de gobierno (municipal, estatal o federal) que lo vinculan a señalar en ello crímenes de lesa humanidad precisamente por su sistematicidad. Una de las características de esa tipificación internacional (altamente verificable en el caso de México) es el exterminio ¿si esto no es un exterminio masivo, entonces qué es?

Van hasta ahorita como diez veces que volvemos a este lugar, en las diez veces que hemos vuelto, hemos encontrado de 4 a 5 fosas, positivas a hueso, a resto, casquillos, ropa y todavía no terminamos, este lugar la verdad me hace llorar de coraje, me hace sentir una rabia y una impotencia muy grande, ...vamos a volver pues todavía no terminamos, aún no terminamos. (Testimonio de Silvia de Coahuila. Comunicación personal. E. Chávez. mayo 2016).  

En los casos de desaparición en México ha surgido con más fuerza en los últimos años la necesidad de testimoniar y narrar, no sólo como parte de mecanismos sociales para la búsqueda de justicia y no repetición de los crímenes, son también estrategias conjuntas donde la participación de las y los periodistas de investigación comprometidos son fundamentales para la denuncia pública de lo que viven las familias de personas desaparecidas hoy en México, sin embargo esas voces están siendo acalladas.

 

Aquí y ahora

Se ubica el indicativo de que uno encuentra lo que busca, y uno entonces se buscaría la muerte llana al buscar la verdad en México, al narrarla y no olvidar. Eso significó para periodistas como Javier Valdés, Miroslava Breach (asesinados en 2017, marzo y mayo respectivamente) y los más de cien periodistas asesinados (con nombre, apellido y una familia) desde el 2000; tan sólo 37 durante la presidencia de Enrique Peña Nieto en México evidencian el absurdo de un círculo siniestro de balas que tarde o temprano alcanza otra vida más. Un estado de indefensión ante el Estado criminal que posibilita y participa de ese festín macabro que vulnera a la sociedad, desaparecer en México implica también desaparecer como ciudadano y como ser humano, ¿qué clase de vida se puede vivir en lugares donde los mal llamados “levantones” son el pan de todos los días? ¿cómo vivir cubriéndose de esa nube de balas que un día nos pueden alcanzar? aquí se intenta también como estrategia disuasiva desvanecer la palabra, desaparecerla.

No hay número que valga para enunciar esa violencia, pues son el periodista, la defensora de derechos humanos, el profesionista, la obrera, el campesino, la migrante, la madre o el padre que busca a su hija o hijo, el hermano que busca a su hermano o hermana; nos faltan miles de mujeres y hombres por igual en este país, este tiempo es testimonio de una época que busca sumergirnos en el silencio de la normalización. Cuando se busca denunciar (sí, también desde el arte y la ciencia se denuncia) que es este baño de sangre sin lugar a dudas lo que cubre nuestros días y nuestras noches, en efecto es como decía Javier Valdés que nos mueve lo que nos indigna, lo que obliga a decir la verdad y no guardar silencio. Ahí también hay mucho dolor para explicarnos y narrarnos ¿qué indigna hoy día más, una madre desesperada buscando y llorando la ausencia de su esposo, hija o hijo, o una madre asesinada por buscarle?

Hemos pasado en México de una cosa a otra en un mínimo de tiempo (2006- 2017) como peces dirigidos al anzuelo de un lado a otro, esta violencia que no basta con enunciar socializada, institucionalizada y sistémica, pero lo es y hay que refrendarlo con todas sus letras, que cuenta con la “legitimidad” y permisibilidad de una estructura legal y paralegal.

La ilegalidad de la violencia se ha constituido en un fenómeno paramilitar auspiciado por el Estado en México, pero también desde la legalidad se ejecuta la barbarie, ya es Ayotzinapa, pero también es Tlatlaya, Apatzingán, Tanhuato, Tepic (ver bibliografiá: “Helicoptero de la marina dispara en Tepic Nayarit en enfrentamiento con narcotraficantes”) y sepamos cuántos más en qué otros lugares donde la noticia nunca salió, lo que no se supo nunca existió. Son los muertos y desaparecidos de ahora, pero a estos hay que sumarle los de antes, los de décadas de exterminio y violencia estatalizada durante la nombrada “dictadura” del PRI-gobierno, impunes por la complicidad de una clase política que se hermana hasta la mal llamada alternancia en el año 2000. Después de esta apocalíptica fecha dicho amasiato político se fortalece y comienza a incrementar el gasto militar y a la par la violencia.

¿Cómo describir esa violencia que nos atraviesa ya de manera tangencial en nuestra vida diaria y nos configura y desconfigura desde todos los espacios? Se hace necesario al menos reflexionar en lo inmediato acerca de lo que está sucediendo ahora y pasará con los niños huérfanos por la ausencia de su madre o su padre, creciendo con un cúmulo de emociones que se apelmazan sin un puerto seguro. El odio y rencor es algo que las familias reconocen, sienten y viven en su entorno, preocupación legítima que debiera alarmarnos. Pero a esa emergencia se suma el desplazamiento forzado de miles de esas familias por todo el territorio nacional para poder sobrevivir, una emigración nacional forzada como nunca antes se había visto y sin pecar de ingenuidad y tan sólo leer las cifras del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) y las instituciones gubernamentales que datan y dimensionan una mínima parte de lo que se vive. Entonces ¿cómo poder explicar la desaparición forzada en este país sino es juntando todas las piezas del rompecabezas como lo hacen las propias familias?

Estudiar el dolor de la desaparición sin querer comprender las causas es casi como posibilitarlo y fingir interés. En este país se está mamando la violencia, desde morritos como se dice en el norte, pero también en el centro y en el sur ahora, las palabras migran, esas y otras, con ellas también está migrando la violencia y a la par los silencios. Las niñas y niños en muchos lugares de México están creciendo en efecto con la violencia de talla obscena, creciendo amando, deseando y aspirando lo que ven, sienten y escuchan todos los días a su alrededor de forma intensa, sucesiva y creciente. Como si fuera una película, ellas y ellos también son actores; basta recorrer los pueblos de este país donde se escuchan narcocorridos, se ven telenovelas y películas de narcos en familia, se platican y relatan historias cercanas como parte de la vida cotidiana a la par que se come y bebe. Se empieza cada vez más a incorporar el “acento” de la violencia caracterizada y es que esta violencia también es aspiracional y fecundada, se torna generacional.

Una violencia que ciega vidas también y que no sólo es simbólica, se construye tras de sí un desprecio por la vida, cuasi bien mayúsculo de este manicomio sangriento administrado por una horda de políticos desalmados e infames, es también avalado y protegido por todas las estructuras militares (¿de dónde salen las armas en éste país y quién sabe más de su uso y administración sino ellos?) desde lo más alto; lo terrible también es que caminando este país y escuchando las voces de diversas latitudes, se siente y se mira una buena parte de la sociedad que se mantiene “normal”, impávida, indiferente, impoluta ¿quién gana con el narcotráfico en México y el mundo? (ver bibliografía: “Cifras económicas de EU apuntan a fortaleza”) ¿quién gana con la violencia perpetua y su expectación pedagógicamente silenciosa? ¿quiénes y qué perdemos?

Hablar de Narco-Estado una vez más no es un lugar común, no es una metáfora, es una realidad, pero también una sociedad narca y una vida social que se representa a sí misma incorporando rasgos, imaginarios y prácticas. Se incorpora y se normaliza, se perfecciona y se adapta. Da miedo la violencia, pero da más miedo “luchar” contra ella solos, dando cuenta que en todas las familias hay buenos y malos como me decía una madre de Nayarit que migró para Baja California Sur a “buscar algo mejor”.

El miedo en efecto tiene múltiples caras frente a la violencia, pero nunca una desaparición paralizó de miedo a una madre y dejó de buscar a su hija, a su hijo, sin olvidar a las miles de mujeres huérfanas de familia que por buscar a su ser querido, a su esposo o a su padre fueron “diseccionadas” de su propia familia, ahí el miedo ha dejado solas y solos a muchos, son además hombres quienes buscan y se hacen cargo de la búsqueda en soledad. Es necesario recordar que también han sido madres y padres los que han sido asesinados por buscar (Martínez “Ellas y ellos son las madres  y padres asesinados por buscar a sus hijos desaparecidos”): Maricela Escobedo la más flagrante e indignante de las muertes, en 2010 frente al palacio de gobierno de Chihuahua, Nepomuceno Moreno asesinado en 2011 en Hermosillo Sonora, Sandra Luz Hernández en 2014 en Culiacán Sinaloa, por mencionar a algunos. Es indignante y doloroso el asesinato de José Jesús Jiménez en 2016 en Poza Rica, Veracruz, pues ocurre apenas poco después que se integrara a la Brigada Nacional de Búsqueda de personas en Fosas Clandestinas, que encontró en un par de semanas lo que el Estado “desconocía”, decenas de fosas clandestinas en su estado; tan sólo para ser el preámbulo de las cientos de fosas que irían “apareciendo” poco a poco en este escaso año y medio y que han ido encontrando no las autoridades, sino las familias mismas, empeñadas en no cesar su búsqueda en vida pero también ahora que se generaliza por todo el país la búsqueda en muerte.

En esta historia de búsqueda también hay que nombrar y narrar a los criminales intelectuales, perpetradores y cómplices, que también tienen nombre, no sólo es el Cartel del Golfo, o el cartel de Los Zetas o el Jalisco Nueva Generación, el criminal mayor que junto a una estructura de gobierno institucionalizó la infamia, la impunidad y la violencia en Veracruz se llama Javier Duarte de Ochoa. “Destacado priísta” que era reconocido así por el propio Peña Nieto en vísperas de ser presidente, Duarte en poco tiempo pasó de gobernador a prófugo (12 de octubre 2016) “anunciado” por la propia Procuraduría General de la República y ahora detenido en Guatemala (15 de abril 2017). Una suerte de vacaciones pues sobre este sujeto no existía orden alguna de extradición hasta un día después de las elecciones de cuatro estados en México y la visita del presidente a ese país (7 junio 2017), así de expedita es la justicia aquí. Hasta allá las madres de desaparecidos fueron a manifestarse fuera del lugar de su “reclusión” casi de inmediato que se supo de su detención, ellas como otras cientos lo señalan de posibilitar y proteger la actuación del “crimen organizado” en esa entidad y de tener conocimiento pleno de las desapariciones, cuando no, las ordenaba.

Y otro botón de muestra, otrora gobernador de un estado que devoró a esas hijas e hijos y a cientos de personas (Coahuila), es Humberto Moreira, extraditado de España, con nexos probados y denunciados con el cártel de Los Zetas, hoy disfruta de su nuevo “fuero” constitucional, cuasi elegido (8 junio 2017) diputado plurinominal por un partido satélite del PRI en ese estado.

Este es el país aquí y ahora, es el país de la corrupción e impunidad total, el del crimen que desaparece personas y el de un sistema que administra el dolor como dice Juan Carlos Herrera (quien busca a cuatro hermanos desaparecidos). En las miles de desapariciones en México, se instituye la violencia, se instituye el dolor y ahora también se busca instituir la búsqueda.

 

Las Familias

El miedo de María Herrera (Pajacuarán, Michoacán), madre de cuatro hijos desaparecidos apenas en 2008 dos de ellos en Atoyac, Guerrero y en 2010 los otros dos en Poza Rica, Veracruz, en agosto y septiembre respectivamente, no es el de la muerte que ronda acechando, es a la soledad y repite como mantra a todos los ojos que la miran en cada espacio donde la he podido acompañar: “No nos dejen solos." Ella siempre lo platica, no puedo dejar de escucharla atentamente cuando dice que sus hijos son todas y todos los desaparecidos, y en ellos ve a sus hijos y los busca ahora con el mismo empeño y sacrificio. María marcada por el dolor de la ausencia, siempre ha dicho que busca a sus hijos vivos y hasta que no los entierre así los seguirá buscando, pero hace poco cuando Juan Carlos y Miguel otros de sus hijos que han acompañado la búsqueda, impulsaron junto a otras mujeres y hombres la primera Brigada Nacional de Búsqueda de Fosas Clandestinas, ella también se unió. Platica que le duele mucho pensar y siquiera imaginar que sus hijos estén ahí y encontrarlos pero que le es imposible no hacerlo y ayudar a tantas familias que se están uniendo a esas búsquedas.

Esa brigada nacional de búsqueda que los familiares de personas desaparecidas llevaron a cabo en Veracruz (ver en la bibliografía “En busca de los desaparecidos en Veracruz”), manifestó en diversos momentos lo que estaba ocurriendo en ese proceso, su narrativa tejió una comunicación estrecha con el periodismo comprometido y en torno a la necesidad de construir una memoria colectiva como parte de la historia de fragilidad democrática que vive México. En ese contrapeso se evidenciaron los primeros hallazgos de restos humanos por las familias versus la negligencia y la negación del propio Estado, la desinformación e intento de incomunicación por parte de la Fiscalía local con respecto a lo que ahí ocurría, pues las autoridades presurosas declararon que los restos encontrados y denunciados frente a la prensa por los familiares se trataban de madera y tela, lo cual fue desmentido días después por las propias instancias forenses a los cuales se les hizo entrega del hallazgo, quedando demostrado que eran restos humanos.

El carácter narrativo de la búsqueda de personas remonta al hallazgo como situación de encuentro con los rasgos de un espacio cuya temporalidad se desconoce más allá de la evidencia, no así lo que se encuentra mediante testimonios o comunicaciones de testigos de los hechos. Esas búsquedas hubieran resultado infructuosas como dice Mario Vergara de los Otros Desaparecidos de Iguala, Guerrero, quien también acompañó esa búsqueda y que en su estado junto a su grupo han encontrado más de una centena de cuerpos a partir de que ocurrió la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, “...son las personas que saben que ahí ocurrió algo las que nos señalan donde buscar” “...ojalá regresen muchas familias a su casa...ojalá toda esa gente le pongan nombre y su familia sepa que nosotros los encontramos...”  (Testimonio de Mario Vergara en entrevista personal. E. Chavez, octubre 2015) 

Araceli Salcedo Jiménez, quien confrontó públicamente a Javier Duarte siendo gobernador, cuestionándolo de cómplice públicamente, cara a cara, de la desaparición de su hija Fernanda Rubí en Orizaba y de cientos de desapariciones de mujeres más en Veracruz, quien también formó parte de esa brigada, narra claramente su búsqueda y su experiencia: 

Nosotros no tenemos nada de eso, simplemente vamos con picos, con palas pero vamos con el alma, con el corazón a buscar a todos esos seres queridos que nos hacen falta en nuestros hogares...me uní a esta brigada porque ayudando a buscar alguien también me va a ayudar a buscar a la mía, es muy triste tener esos huesos en nuestras manos y pensar que tienen rostro, nombre y apellido, sólo son una cifra y paja para el gobierno, es un insensible a nuestro dolor...... (Testimonio de Araceli Salcedo en entrevista personal. E. Chávez mayo 2016)

Pero también esa búsqueda la ha venido realizando Mirna y todas las madres del Fuerte en Sinaloa, ella narra su experiencia así:

...Desde ese día empecé a buscar y en mi búsqueda me encontré con otras familias que tenían la misma pena, el mismo dolor, y nos unimos para buscar, para apoyarnos. Porque esta situación te desgasta física, moral y económicamente...buscamos...hemos encontrado y seguiremos buscando hasta encontrarlos, hemos encontrado 28 cuerpos (a principios de 2016 que la entrevisté, a 2017 son mucho más), de esos sólo nos han entregado seis, identificados por ADN... (Testimonio de Mirna Medina de Sinaloa. Comunicación personal. E. Chávez. mayo 2016)

Mirna ha sido amenazada por buscar a su hijo, es maestra retirada, es una mujer fuerte pero que también sufre y tiene miedo como las otras. Encontrando decenas de cuerpos en fosas también está Rosa de Culiacán, y Silvia de Coahuila, y en Tijuana, Fernando; están también las madres y padres de Tierra Blanca y los de Tamaulipas y las de Nuevo León. Ya se busca en Guerrero cuando en Morelos o en Michoacán “aparecen” más fosas. Recién (7 de junio de 2017) en San José del Cabo, Baja California Sur[1 en un estado donde “no pasaba nada” se encontró otra fosa clandestina más (una más porque ya había hallazgos de otras más en la historia reciente de este estado), con mujeres y hombres en estado de descomposición suman 18 cuerpos los encontrados...

 

La incomunicación y la desinformación en pugna

Las víctimas, como ha querido enunciar el Estado a las familias para administrar su dolor, a partir de una Ley General de Víctimas y de una entidad dependiente del gobierno federal llamada Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) se han convertido en “botín” en pugna. No sólo de las instituciones, también de las organizaciones “de la sociedad civil” que en algunos casos como mediadores o gestores, han aprendido a mediar con el dolor de las y los familiares. Es el testimonio de las familias que sujetos de burocratización y usufructo, narran cómo sus relaciones y necesidades económicas en búsqueda se han convertido en moneda de cambio para muchos, realizar investigaciones sobre un familiar desaparecido pasa también por ese calvario. Han aprendido a colectivizar su dolor, su experiencia y su conocimiento para romper el círculo “virtuoso” de la administración de la desinformación y la incomunicación que la gestión gubernamental institucionalizó y que parte de la sociedad ha dado continuidad y múltiples formas de administración.

Así, se reconoce que son los autodenominados familiares y no el sujeto jurídico de víctima, con quienes se establece un diálogo continuo que refieren experiencias y vivencias, testimoniándose a sí mismas frente al Estado y sus instituciones. Sujetos sociales marcados por el dolor, por la ausencia, pero también por la impotencia e indignación ante las múltiples omisiones de quienes institucional y gubernamentalmente debieran instrumentar búsquedas reales y efectivas. “Administradores del dolor” que sobre la lógica de desinformar y ocultar la verdad, de controlar a quien busca, patentan un sistema de praxis del miedo: incomunicación social. Que hace necesaria la relación con prácticas discursivas paralelas (la de las familias) impulsadas por el miedo, la experiencia y la necesidad de encontrar a sus seres queridos, que no buscan ni ocupan homologar la información, pero que en ocasiones echan mano de esa estrategia al institucionalizar sus discursos para ser escuchados.

Los ámbitos de competencias de las instituciones gubernamentales son hoy por hoy una especie de microgobiernos, una red que tiene como propósito final desconectar la información y la relación de datos con respecto a las desapariciones, para imposibilitar una búsqueda efectiva y concluyente. Los silencios vía desinformar y/o incomunicar son deliberados.

También se puede reconocer de los actores gubernamentales y su cooptación efectiva, el no uso de la violencia explícita o del uso de dispositivos discursivos aplastantes o dominantes, pero que no por ello dejan de ser violentos para efectos de la invisibilización discursiva y el silencio que aísla y busca a su vez excluir la acción directa de los actores sociales para la búsqueda.

Las y los familiares se resitúan en una transgresión continua de los márgenes de las prácticas narrativas, como actores sociales se sitúan con planteamientos y enunciaciones más allá de la expresión discursiva del evento en sí, la búsqueda ciudadana en fosas es un claro ejemplo de dicha ruptura de lo límite. Materializar el discurso otorga articulaciones que los actores transforman e impactan socialmente, por eso es imprescindible para ellos una comunicación activa y colectivizante, conformada y comprendida desde una agrupación altamente vulnerada y por tanto vulnerable, no así su potencialidad de relatar y construir memoria discursiva.

Pero hoy a 2017 pensar e imaginar sólo discurso y práctica en la búsqueda de personas desaparecidas genera mucha más incertidumbre en quienes buscan, pues la muerte está muy presente y acecha.

 

Encore trágico

Son precisamente las búsquedas recientes y generalizadas en diversas partes del país en fosas, donde se encuentra el vestigio más puntual y evidente de la conexión criminal que busca incomunicar el hecho delictual (institucionalizado y sistémico) hasta que es expuesto materialmente en los hallazgos de huesos, ropa o “espacios” de disolución de la persona desaparecida por los propios familiares organizados en brigadas.

El Estado busca seguir simulando para ganar tiempo ¿para qué? El análisis presupone que está en juego la lotería electoral, los recursos naturales, el tráfico de armas, de personas, de drogas.

Como botón de muestra, en el caso de los hijos de María Herrera, aunque existen todos los elementos para afirmar de forma contundente la participación de fuerzas del Estado en por los menos dos de las cuatro desapariciones de sus hijos, las evidencias se han ido desvaneciendo, no sólo por falta de elementos probatorios suficientes a decir de las autoridades, sino también por un ejercicio de distracción constante desde distintas instancias para asentar la hipótesis del crimen organizado como perpetrador principal. De nuevo la administración de la información vía la desinformación. El desgaste social, económico, mental, cada día, todos los días, durante años. Es lo mismo en casi todos los casos de desaparición en México, la simulación como práctica perfeccionada que en goteo va minando a las familias.

Sin embargo, dichos simulacros no son ya necesarios o susceptibles de ser administrados monopólicamente, el Estado “legítimo” no detenta ya la potestad de la convivencia sociedad-poder, se cohabita y se co-gobierna con una esencia y poder criminal organizado e institucionalizado que regula las normas y relaciones sociales, económicas y políticas en México.

El territorio geográfico no está en disputa, son los cuerpos que lo habitan quienes están en disputa. La violencia ejercida a la infinita potencia se aplica en el “uso legítimo de la fuerza” y del “estado de derecho”. Sin embargo son precisamente las múltiples violencias que contextualizan desbordadamente y que perfilan el hecho (no el delito) de la Desaparición Forzada lo que explicita la reconfiguración de los mapas imaginarios de la narratividad de este tiempo. Esto queda evidenciado en la apropiación y desplazamiento de los espacios de exclusividad del Estado, las familias ejerciendo funciones forenses y de investigación criminal, las familias encontrando y señalando a los perpetradores, y las familias ahora señalando a los autores intelectuales que se sitúan en la misma oficina de procuración de justicia. Mario Vergara testimonia:

...tuvo que pasar la tragedia de los 43 para que nosotros saliéramos a buscar a nuestros familiares en fosas clandestinas, no sé por qué salimos a buscarlos en fosas clandestinas...los papás de los 43 encontraron 5 fosas con 30 cuerpos en Iguala, Guerrero en la zona de las Parotas, y como no éramos estudiantes nosotros también salimos a gritar que también teníamos un familiar desaparecido...fue así como en Iguala nos enteramos que había muchos rumores que enterraban a la gente en los cerros...En Iguala y en Guerrero han pasado cosas muy feas, donde el gobierno estaba metido con la delincuencia, hubo familias que ponían su denuncia y decían es que fulano se llevó a mi hijo, al otro día desaparecían las familias...es por eso que son como 210 familias que tenemos denuncia, no tenemos todos denuncia por el miedo que existe....empezamos a encontrar cuerpos, llamamos la atención del gobierno federal...yo también quisiera encontrar a mi hermano en vida, yo no quisiera encontrar a mi hermano en un hoyo horroroso que le llamamos fosa clandestina, porque el día que lo encuentre voy a saber que mi hermano está muerto...aquí en el país, en mi estado, ha habido mucha violencia, aunque los queramos encontrar con vida mucha gente está muerta...el gobierno acaba de desaparecer a nuestros familiares, el gobierno a estas alturas me doy cuenta que no le interesa buscar a familiares desaparecidos, porque si los empieza a buscar, va a encontrar el horror que el gobierno mexicano ha tapado por mucho tiempo, yo ahora me digo, al gobierno mexicano le interesa más cuidar su relación financiera con otro país que decir que hay tanta gente desaparecida y está acabando en una fosa clandestina, ¿por qué oculta eso? ¿por qué el gobierno mexicano firma acuerdos internacionales sobre derechos humanos... si el gobierno mexicano empieza a desenterrar a tanta gente desaparecida.... el gobierno no busca porque si busca se van a encontrar a ellos mismos...  (Testimonio de Mario Vergara en entrevista personal. E. Chávez, octubre 2015)

En la narrativa de los familiares hoy van inscritas diversas modalidades de acción e interacción social y comunicativa. El uso de la memoria de la experiencia para la narrativa de un imaginario colectivo ha generado horizontes diversos que se van ensamblando dependiendo de las posibilidades y contextos de los imaginarios construidos desde lo íntimo y lo individual; para esto la importancia del ejercicio memorístico radica en la metáfora contenida en el relato, pero no es suficiente. Ser familiar es una metáfora en sí misma, incompleta, pues falta una persona con un lazo de sangre que es buscada, añorada, relatada, pero las familias se multiplican al buscar y encontrarse en sus pares, sus iguales de sufrimiento, el círculo discontinuo del miedo y el dolor, de la experiencia y la desazón.

Muchas de las resistencias de los familiares de desaparecidos han hallado cobijo en esa pequeña pero potencial palabra que les simboliza y reelabora el hecho criminal para darles soporte y resignificarlos, contención y cobertura que trae en veces consigo, una carga ideológica, religiosa y política, se socializa la colectivización y se vuelven colaborativas las redes. Sin embargo, es la praxis personal la que confronta e incide, pero también es la praxis la que está demostrando que quien busca y denuncia, puede encontrar la muerte en este país.

En este escenario actual las familias no dejan de expresar que no les dejen solos, que no les dejemos solas y solos. Es la misma petición que hizo Javier Valdés en vida y también era su infinito miedo, pues decía la sociedad no cobija a sus periodistas, yo reafirmo a los más entrones, los más comprometidos, los necesarios. Tristemente asesinado en Culiacán el 15 de mayo de 2017, periodista valioso no por sus letras solamente, sino por su solidaridad para con las “víctimas” de esta violencia. María también le lloró recientemente fuera de gobernación, donde unas cuantas personas nos reunimos a exigir justicia, ella lo gritó fuertemente pues dice María, Javier supo escucharles y entender su dolor, era uno de nosotros.

Una de tantas de esas voces que escuchó a lo lejos Javier y multiplicaba con su pluma y su pensamiento era la de Miriam Rodríguez madre de Karen Alejandra Salinas, secuestrada en 2014, desaparecida y encontrada asesinada en una fosa común dos años después; a Miriam por buscar, por exigir justicia por acompañar a otras madres la ejecutaron en la vía pública al igual que a él, a los ojos del día y de quien quisiera (pudiera) mirar, sólo cinco días antes que el homicidio de Javier, simbólica y perversamente el 10 de mayo de 2017. Ese mismo día horas antes, sin imaginar lo que sucedería esa noche, marcharon cientos de madres de todo el país en la Ciudad de México como cada año para exigir la presentación con vida de sus hijas e hijos, cuentan que mucha gente las acompañó como hacía otros años no se veía, sin embargo, por Miriam poca gente marchó de no ser por su gente, su colectivo, y la gente que indignada se movilizó frente a este artero crimen.

Son esas pequeñas palestras desde quienes miran a la sociedad con otros ojos lo que acompaña los pasos y las búsquedas de las y los otros para no perderse en el vacío de lo que busca hacerse perdedizo institucionalmente, perdedizo en la memoria, perdedizo de la historia.

La violencia como criminalidad profesional al servicio del poder, se ha institucionalizado y sistematizado para generalizarla y posibilitar su perpetuidad, pero sobre todo en esa institucionalidad bajo el manto del estado de derecho se impone a sí misma impune. No hay otra fórmula mejor acuñada como política del miedo. Y es precisamente la institucionalización desde el Estado del dolor y de la vida toda de quien busca a un familiar, lo que induce una violencia continua y permanente y que  ese mismo Estado administra de forma siniestra.

Son también la verdad y la justicia, antes que los procesos de reparación del daño, los que se encuentran ausentes y desterrados en este país, y obligadamente tienen que pasar por un ejercicio de la memoria colectiva y social que adjudique responsabilidades y castigos en todos los niveles de participación u omisión de todos los crímenes acumulados en años y décadas de violencia en México.

Enfrentar desde el testimonio y el relato, desde la narrativa y la palabra el flagelo de la tragedia que vivimos no es ni será suficiente sino entendemos que el otro podríamos ser nosotros muy pronto. La desaparición de un ser querido y las violencias que afectan todo a su paso, al menos debe marcar un poco el rumbo de quiénes queremos ser en este país, y lo que queremos o podemos hacer; la academia, la teoría y el conocimiento ocupan hacer calle, hacer pueblo, y hacer desde lo simple, pero con fuerza. Acompañarnos significa no dejarnos solos.

El título de este artículo vino a la mente por la exigencia y lamento de las madres y padres que buscan a sus hijos desde hace años y que sienten cómo el implacable paso del tiempo y de la violencia va ausentando a quienes buscan a sus seres queridos y dicen: “cuando yo falte ¿quién los nombrará para que no sean olvidados?” me pregunto ¿quién les nombrará a ellas y ellos, mujeres y hombres valientes que en su búsqueda personal hicieron de la búsqueda colectividad, comunidad, país?, son ellas y ellos los que nos están encontrando a los que aún no faltamos y que están desnudando la infamia macabra que vive México, entonces ¿quién nos nombrará cuando falten ellas y ellos, quién?

 

“Hemos perdido tanto que ya no tenemos nada que perder”

María Herrera Magdaleno

 

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Edgar 2

Mario Vergara y María Herrera. 2015. Foto: Edgar Chávez

 

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NOTAS:


[1] “Suman 14 cuerpos encontrados en fosa clandestina en Los Cabos” Proceso, 8 de juno de 2017. http://www.proceso.com.mx/490189/suman-14-cuerpos-encontrados-en-fosa-clandestina-en-los-cabos“¡Hallan 8 cuerpos más, en fosa clandestina!” El Sudcaliforniano, 8 de juno de 2017.https://www.elsudcaliforniano.com.mx/policiaca/hallan-8-cuerpos-mas-en-otra-fosa-clandestina

 

Ediciones KARPA Los Ángeles, CA.

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ISBN 978-1-7320472-1-1