El movimiento de repatriación se concretó en 1930, bajo la
administración del presidente Herbert Hoover, pocos meses después
del desplome de la Bolsa de Nueva York, que inició la época conocida
como la Gran Depresión.
La falta de empleo y la pobreza extrema de cientos de miles de
trabajadores afectados por el desastre económico comenzaron a crear
sentimientos de hostilidad hacia los extranjeros, a quienes veían
como competidores desleales en un exiguo mercado laboral.
En las páginas de La Opinión quedaron dramáticos testimonios de
los testigos y protagonistas de las deportaciones masivas,
especialmente de mexicanos, que se realizaron en la época.
En 1930 el gobierno y el Congreso pidieron que se redujera el
número de visas y estableció, por primera vez, la Agencia de
Inmigración en la frontera.
"Los mexicanos se convirtieron en una raza indeseable", explicó
el catedrático Francisco Balderrama, coautor del libro Una Década de
Engaño, La Repatriación Mexicana en los 30.
Por si fuera poco, algunos de los repatriados no sólo se veían
forzados a dejar todas sus pertenencias, sino que eran sometidos a
abusos a ambos lados de la frontera.
La Opinión reportó el 8 de abril de 1931 acerca de esos abusos.
"Pese a los escasísimos fondos que los cesantes llevaban, [éstos]
se quedaron entre los vistas aduaneros y los conductores de
ferrocarriles", detalló el informe.
Los repatriados podían llevar con ellos a México, sin pagar
impuestos, ropa, muebles, herramientas, y hasta autos y camiones,
"no obstante, 260 repatriados que llevaban todos sus papeles en
regla, a la postre resultaron letra muerta ante los vistas
aduaneros".
Sin embargo, no todo era infortunio para los cesantes, ya que
algunos "700 repatriados mexicanos recibirán pasaje gratis", de
acuerdo al encabezado de una nota publicada el 2 de abril del mismo
año en La Opinión.
En este reportaje, el corresponsal especial de La Opinión informó
desde Ciudad Juárez, Chihuahua, que 700 mexicanos repatriados o
deportados de Estados Unidos salieron al sur de la República
[mexicana] por ferrocarriles nacionales, "con pasajes que le
proporcionó la delegación de migración aquí, atendiendo órdenes de
la Secretaría de gobierno".
Sin embargo, no todos los 50 mil mexicanos que salieron de
California recibieron pasajes gratis, de acuerdo al Dr. Raymond
Rodríguez, coautor del libro de Una Década de Engaño.
"A algunos repatriados se les cobraba un centavo por milla", dijo
Rodríguez, al mismo tiempo que soltaba una carcajada. "Era todo un
negocio para la compañía ferroviaria y para el gobierno".
Rodríguez tiene 75 años ahora, pero en esa época tenía 10 años y
recuerda vivamente las adversidades de sus compatriotas, las cuales
se volvieron "parte de la vida del mexicano".
El autor del libro contó que su padre abandonó a su madre y a sus
cuatro hermanos, "y se fue a México en 1936 por desesperación".
"Aunque él tenía documentos para estar aquí y yo y todos mis
hermanos éramos ciudadanos, prefirió dejar atrás a su familia y su
casa en Long Beach por la frustración de vivir bajo antagonismo, sin
oportunidades".
"Bajo la administración de Herbert Hoover se aprobaron leyes para
no darle trabajos a los mexicanos [y otros extranjeros]", asentó
Rodríguez.
Número de repatriados
Al final de la década de los 30, alrededor de un millón de
mexicanos y mexicoamericanos fueron repatriados, según el Dr.
Balderrama. "Esta es una suma conservadora. No existen archivos para
comprobarlo en ningún lado de la frontera".
La Opinión también registró en sus páginas algunas de las cifras
de repatriados.
Un titular de este diario publicado el 12 de abril de 1931,
establece que pasaron "5,893 repatriados por Laredo en tres meses".
"De acuerdo con los informes recabados en la delegación de
migración de Nuevo Laredo, en los primeros meses del corriente año
[1931], hicieron entrada a la República por este puerto fronterizo
2,193 mujeres y 3,700 hombres que entraron al país gozando de las
franquicias que el gobierno concede a los repatriados".
Otra nota, publicada el 9 de abril de 1931, informó que, a juzgar
por los informes que se lograron recoger de la Delegación Mexicana
de Inmigración de Nuevo Laredo, "en el año de 1930 pasado, el número
de repatriados procedentes de Estados Unidos ascendió a la cantidad
de 30,298 personas, de las cuales 1,698 fueron deportadas por las
autoridades estadounidense de Inmigración y 28,612 en calidad de
repatriados".
Esta nota señaló que salían "casi mil personas por mes", según
los reportes de la administración de la aduana mexicana.
Recesión y racismo
La filosofía americanista históricamente surge a consecuencia de
cada recesión. Para los mexicanos que vivieron la repatriación, cada
recesión económica determina el tipo de trato que recibirán en este
país.
No obstante, el catedrático Francisco Balderrama asentó que "los
tiempos se repiten".
Comparando el tipo de críticas que los latinos recibieron durante
la aprobación de la Proposición 187, en los años de la recesión de
los 90, "es similar a la histeria que existió durante la
repatriación".
Balderrama agregó que los argumentos de los intereses
industriales y agrícolas a favor de los mexicanos cayeron a oídos
sordos.
Ahorro en Los Angeles
"La mayoría de los repatriados en el oeste fueron mexicanos que
recibían welfare", dijo el catedrático Raymond Rodríguez. "Eran
mexicanos pobres que trabajaban en los campos y en la construcción".
"Al repatriarlos, el condado de Los Angeles ahorraba en servicios
públicos como el welfare y en hospitales; aparte se quedaban con sus
propiedades [de los mexicanos], al mismo tiempo que reducían la
recesión".
En esa década, los mexicanos no tenían derecho a trabajar en este
país y mucho menos a casarse con otras razas.
Como ejemplo de ello, queda una nota publicada el 4 de abril de
1931, cuando La Opinión reportó: "¿Con filipino? No, sir", dice
mister Webb.
El entonces procurador general de California, W. S. Webb, hizo
esta declaración en respuesta a una consulta que Edward Law,
secretario municipal de El Centro, California, hizo durante esa
semana para resolver la petición de matrimonio que en su
jurisdicción presentaron un filipino y una mexicana.
Webb formuló su decisión en base a que "los mexicanos son de raza
blanca o caucásica y los filipinos de raza amarilla o mongólica, y,
en consecuencia, las leyes de California prohíben terminantemente
los matrimonios entre una mexicana y un filipino, o
viceversa".